sábado, 28 de enero de 2012

La banca

Hay una banca y en ella un hombre que no hace más que jugar con sus dedos por el desespero porque recuerda que allí mismo la conoció, cruzó sus primeras palabras y la perdió; en medio de la grosería de una calle despejada de transeúntes, del olor de gritos de rabia y de conejos saltando en la mente de ella.

Como si fuera ayer, el lugar sigue igual; más vacío pero igual. Es el último día de un comienzo, es la última vez que se ven las mismas caras y que se aleja una que espera, sin nombre ni alma en el espejo.


Recuerda su vestido de rayitas amarillas, sus medias color nada (se supone que eran piel), sus zapatos mal amarrados y el pequeño bolso donde guardaba cantos, colores, carros, cartones, calzones… Sí, era una mujer que por cada bolso que tenía guardaba cosas con la misma inicial del color del bolso. Por supuesto, era café.


Un intento de sonrisa se asomaba en la cara de Miguel pues, fue ella quien por varios meses le enseñó que no sólo se necesitaba de un cohete para conocer mundos; que con sólo tocarla y hacerla parte suya llegaba a un misterioso mundo, al universo de esa callada mujer, que escondía más pesares que actos y que cada día su nombre cambiaba.


Miguel nunca pudo saber su verdadero nombre ya que, si se encontraban en la mañana se llamaba Soledad, pero prefería que le dijeran Sol; Si se veían a las tres de la tarde su nombre era Mariana; a las cinco y cinco de la tarde prefería llamarse Esmeralda, y así, por cada hora, por el clima o por su estado de ánimo su nombre cambiaba, salvo en la noche. A partir de las ocho se llamaba Simona, como aquel pez que tuvo de niña.


Él mira esa banca con la ilusión de verla de nuevo allí sentada, contando cuantas personas pasaban; nunca menos de treinta. Aunque el día que pasaron treinta y dos ella no hizo más que gritar de la alegría porque por fin su récord se había roto; en ese momento su nombre pasó a ser Luna y con una invitación de cerveza muy espumosa y chicles, se llevó a Miguel a recorrer un universo, donde allí no era más que María.


Miguel no pensaba en otra cosa que no fuera ella. Si dormía, si despertaba, si tomaba una ducha o incluso, si comía una galleta, y así se pasaba todo el día. Trabajaba, tomaba café y caminaba hasta la banca, viendo como cambiaba esa calle y las personas que allí pasaban, la aparición de la clínica de estética y las miles de mujeres que pasaban con ansías de ser jóvenes de nuevo con grandes  proporciones, y se llegaba a su cabeza el recuerdo de sus téticas sobre su cara, como dos almohadones bajo una tarde de lluvia.


Un día en la banca, estando con ella, tuvo un impulso: besarla, pero no obtuvo la misma respuesta, como si hubiese sido el demonio y sus labios fueran de azufre, Mariana salió corriendo y tirando de su bolso lila, lápices, luces, ladrones, lágrimas, libros, al suelo.


Tardó mucho tiempo en lograr que ella volviera a la banca. Tal mujer prefería contar las personas desde la papelería de en frente, y mirar a Miguel con cierta ira incontrolable, que acercársele. Cuando al fin se aproximó, ella le explicó con total indiferencia de lo pasado, que tal acción implicaba una atadura y que era mejor ir a su ritmo pues, jamás le gustó el de los hombres.


La banca le había traído a él grandes momentos y una gran persona en medio de la lluvia. Con el agua en la cara y las goteras cayendo de su abrigo, ella lo invitó a sentarse, y sin presentarse le dijo que la lluvia solo demuestra un motivo más para sentirse acompañada, que son las goteras quienes hablan con ella para quitarle el miedo a la soledad, para tragársela en una hora, cinco, toda la noche, en una fiesta donde no hay más que un movimiento constante, donde ni siquiera hay ojos a la espera de un juicio.



Dicho esto, Abril (porque así se llamaba cada vez que llovía), extendió su mano hacia la cabeza de él y con una caricia le dijo que lo esperaba todos los días en ese lugar, que allí contarían las personas, los pensamientos, las bocas riéndose, o las narices a punto de estornudar; treinta bocas, treinta cuerpos, treinta miradas y así, porque para ella no había nada más perfecto que el cuerpo humano, y era un espectáculo ver como el alma hacía que se expresaran y caminaran.


Una noche, a las doce, cuando la treintava persona pasó, Simona se acercó a Miguel y con un beso lleno de presión y pasión, se despidió, argumentando que, tenía un gran viaje, uno muy esperado, pero que tal vez no lo volvería a ver, porque para ese entonces, ya habría llegado una persona a la vida de él.


Atónito, Miguel no dijo ni una sola palabra pero, siguió visitando la banca, contando las treinta personas y tomando cerveza muy espumosa. Compró un perro, recibió un ascenso en el trabajo, empezó a fumar, y hasta el pelo se dejó crecer; hasta que un día decidió abandonar la banca, su recuerdo y la cerveza muy espumosa.


Empezó a caminar hacia los bares más baratos, a conocer mujeres que lo dejarían no siendo persona y ya ni la ropa le importaba cambiarse, pero un día en medio del licor, las putas y el labial barato, pasó por aquella calle y vio allí a Simona vestida como la primera vez, con candela, cigarrillos, cerveza espumosa, chicles y copitos. Corriendo, se acercó a ella y observó que lloraba de manera desconsolada; la preocupación salió de él y con un simple ¿cómo estás? 
Simona se transformó en una máquina de gritos.


No fue suficiente abrazarla para lograr que se calmara y en medio del llanto y la noche, los puños de Simona contra el pecho de Miguel se fueron haciendo más fuertes y con éstos, la voz quebrada de ella diciendo que ya no pasaba más personas, que ahora no era más que una calle llena de personas no-personas y que al ver vacía su vía, no le quedaba más remedio que acabarla, acabarse. Miguel no respondió a sus palabras, sacó un cigarrillo de su bolsillo y esperó que se tranquilizara para que lo besara y se fueran de viaje, pero nada fue así. Acabada la rabieta y la calle, Simona desapareció gritando que ya no podía ver más, que las personas se extinguieron, que sus almas se habían quedado fuera de sus cuerpos y que debía buscarlas en una calle paralela.


Miguel no la detuvo. Se quedó en la banca esperando que amaneciera, fumando y pensando cuál habrá sido su nombre real.