domingo, 30 de octubre de 2011

Despertador

Sonó el despertador pero no me dio la gana de levantarme, los ojos me pesaban y la boca estaba sellada a mi sueño. Sonó el despertador y mi habitación se derretía, las cobijas estaban soldadas a mi cuerpo y la almohada era mi cabeza.

Tan sólo pensar en tener que levantarme a ver la misma cara de esta ciudad, asomarme a la ventana y observar la misma silla vacía, el teléfono sin palabras, el café lleno de personajes invisibles y las mismas ideas caminando, me destruye, me desbarata y me vuelve pedacitos de nubes, que compiten contra el sol.

Se cumple el mismo ciclo, abrir, cerrar, mover, andar y las ideas se disuelven en el aire contaminado de pesares e imágenes, de falsedades, de espíritus vagos, sin sabores, ni formas, simplemente espíritus como los de un soñador en una esquina a la espera de esa verdad que no quiere escuchar.

Tener que caminar en ese mar de cemento, donde se consume al ser y lo deja del mismo color, donde todo lo rige piedras y una enorme ceja de verdad me aburre. ¿Por qué no quedarme durmiendo, soñando un poco que puedo volar? Porque sencillamente este lugar no está diseñado para andar en las estrellas comentando acerca de su reflejo en el mar. Seamos realistas, esto acá está creado para personas capaces de agrandarlo y darle más poder a la ceja.

Mi despertador sigue sonando, pero mis manos no responden, no quieren darle inicio al día. Café, agua, un pantalón y una camisa me esperan para lanzarme a ese vacío, dónde la cuerda se me romperá y tendré que caer fuertemente, como esas palabras que atraen y esas acciones que espantan.

Está bien dejaré la pereza para otro día, estoy lista para levantarme de esta tiesa cama e irme a capturar esas palabras enredadas en los árboles.

A la una, a las dos, a las tres… Esperen…

Ahora mis piernas no responden, mi cuerpo está acomodado igual que anoche, tal vez me esté quedando paralizada, tal vez mi despertador se cansó de sonar. 

domingo, 2 de octubre de 2011

El Pulmón


- Entonces el suave olor de la niebla logra entrar en mi nariz,  anda hasta mis pulmones, los inunda con su espesor y además trae consigo unos hombrecitos blancos, con una gran nariz y grandes pies, son muy flacos pero tienen unas barbas enormes. Pues bien, como iba diciendo, estos hombrecitos poblaron mi pulmón izquierdo, no pudieron establecerse en el derecho porque los hombrecitos de negro, los que me trajo el olor de la noche ya se habían instalado, (habían creado ya su propio mundo). Llegaron entonces, a mi pulmón izquierdo, dónde construyeron sus cómodos hogares los cuales estaban hechos de baba y mugre, las puertas eran el humo que se logró mezclar con el aire inhalado, el asfalto era el polvo y sólo la niebla era la vida.


Pasé mucho tiempo con estos personajes, sentía una tos cada vez que creaban algo nuevo, que sólo movía sus construcciones pero nunca las dañaba, eso sí, cuando un intruso llegaba a uno de mis pulmones, era expulsado por la patrulla del estrornudo, y no, no he sabido de ninguno que haya compartido espacio con los blancos o los negros, siempre salían cuando menos se lo esperaban.


El gobierno de los blancos no duró mucho pues, un día cuando menos lo pensé, el olor del pasto logró entrar en mi nariz y de inmediato entró al pulmón izquierdo, los hombrecitos de verde iban preparados para invadir el nuevo territorio, llevaban buenas municiones y unas enormes tropas, cogieron a la patrulla del estornudo desprevenidos, y se tomaron el pulmón izquierdo. Los blancos se armaron de olor de estrellas y los verdes llegaban armados de olor de tierra, todos preparados para luchar por el mismo objetivo, lograr el poder del pulmón izquierdo.


Comenzó entonces la batalla, hubo mucha muerte, nuevas mezclas como hombrecitos verde menta. Ya no quedaba nada, mi pulmón se estaba secando pues estaba lleno del humo de la guerra de tierra y estrellas, había solo escombros de polvo, de lágrimas y de baba que se mancha de muerte.

Cada minuto que pasaba sentía con mucha dificultad respirar, mi pulmón izquierdo se apagaba y el derecho, siempre tan egoísta no hacía nada por su compañero, así que no me quedaba más que toser para que se movieran y así logré que los hombrecitos o más bien, sus cadáveres, desalojaran mi pulmón.....


Desearía continuar con mi historia pero está muy tarde y es mejor ahorrar fuerzas. Les pido el favor de dirigirnos a descansar porque mañana nos espera un día muy pesado, pues nosotros, los hombres azules, los del olor del mar, iremos a tomarnos el pulmón izquierdo.