lunes, 20 de junio de 2011

Y si digo que de nuevo soy yo, que la soledad aparece como una sombra y me abraza, que los espejos están empañados de tanta falsedad, que los ojos, las bocas y las manos ya sólo me hacen daño, porque eso es para lo  único que se manifiestan; para herir.


Anoche el frío, el sudor, la mugre y el licor hablaron por sí solos, me mostraron de nuevo esa parte de mí que había olvidado, que prefería olvidar.


Tragué palabras, sentimientos, miradas; de nuevo miré a la luz y la dureza y simpleza apareció.


Y sé que en esas cuestiones de la belleza no gano, es más, ni siquiera me interesa obtener algún puesto o aprobación pero, cuando esa voz interna se manifiesta para recordar ciertas situaciones y expresiones todo se revuelve.


Dejé de escribir cuentos para untar mis escritos de un poco de sentimientos porque está claro para mi que, mis cuentos no son más que fantasías, mundos que algún día quise vivir, que seguramente están muy lejos, en un pulmón, en una carretera, en una alcantarilla, en un atardecer.


Hablaría de tanto pero a la vez de tan poco que las tres personas que me leen se aburrirían, yo me aburriría, el teclado se aburriría. Sí, es que no encuentro ni siquiera lugar en la escritura, es que parece que situaciones tan pero tan pequeñas e insignificantes mueven mi mundo que me aturden y no me dejan escribir.


Debería pagar un psicólogo pero no...

martes, 14 de junio de 2011

Uno de los viajes

Tiré la colilla del cigarrillo y apreté con mucha fuerza el timón, manejé por esta recta y extensa ruta sin parar, escuchando música que me transportaba a un lugar más amplio y cómodo que este carro viejo, que tiene más óxido que gasolina. Era una tarde de junio donde el sol inundaba con su luz cada espacio del auto, donde, además parecía que todo se derritiera, el asfalto, las plantas y sobretodo tu recuerdo.

No paraba de cantar aquella canción que una vez escuché en ese café, cuando sólo me dedicaba a leer revistas de política que ni siquiera me interesaban, sólo esa melodía se enredaba en mi lengua, pasaba por mis pulmones y brotaba como aire, el mismo aire que lleva estas palabras hacia ti, el testimonio de un viajero que no hace más que recorrer una larga carretera hacia un lugar que dejó de existir, hacia el fondo de mi imaginación, donde empezó a crearse todo, cada vena, cada hueso, cada pelo que te pertenece, porque la desesperación fue la que te parió, la alegría la que te alimentó y la soledad la que te amó.

domingo, 12 de junio de 2011

Domingo de café

Todavía tengo mi pijama puesta, estoy en el suelo, contra la pared y acompañando una taza de café. Lo acompaño porque él se cansó de acompañarme diario, hoy es su día, hoy le hago compañía al café.

La habitación es de color amarillo, pero pronto se convertirá en naranja, más tarde en azul y para finalizar en oscuridad, así como el café. Una ventana adorna este lugar, una ventana que no hace más que reflejar luces andantes y voces dormidas. La biblioteca… o lo que queda de ella, no es más que un basurero de aquel recuerdo.


Se pasea el café por mi boca y su amargo sabor me dice que es hora de cambiar de posición, de dejar de pensar en eso, en la invitación si, la invitación rechazada que me hizo acudir al café.

Muy bien, me paro de esa baldosa caliente y estoy dispuesta a salir sucia. Eso de tener un encuentro con el agua, hoy domingo, se cancela. Me hago una trenza en mi cabello, cojo el mismo pantalón de anoche, la camisa con el ojo grande y la chaqueta gris.


Llaves, billetes, monedas. Cierro la puerta.

Todo está diferente, un color morado transforma la calle y el pasto ya se está volviendo azul. El sabor de esa risa se hospeda en mis manos y sus dedos todavía los siento en mis ojos.

Me encuentro tirándole palabras a un mundo que apenas conozco, mirando las soluciones y a la vez ilusiones y solo me queda preguntar: ¿qué sentido tiene digerir esas pinturas?

Todavía me cuesta entender algunas palabras pero es que me aturde esos gestos falsos que hacen parte de estos andenes por los que ahora juego, sueño y camino.  Cierro los ojos, meto mis manos en los bolsillos de la chaqueta y empiezo el viaje en un submarino lleno de sonido. Canto pero me doy cuenta que son simples melodías que dañan sus ojos y además son ideas que hacen parte del costal de mentiras.

Camino a la morgue de palabras ciertas pero que no acepto, camino bajo la lluvia, una lluvia turbia y amarga, una lluvia de café. Paso por una tienda de caprichos y un viejo barbado y mueco me muestra un tarro y me dice: “el amarillo es el más apetecido”, pero yo me he dado cuenta que los caprichos no vienen en un empaque y mucho menos que hacen parte de esta historia, de mi historia.

Mi mochila está llena de papeles, papeles de colores con olor a noche y a canciones que algún día prometió conmigo regalarle al viento  pero que yo no quise aceptarle esa promesa y mucho menos esa enorme invitación.

No, no es un escrito romántico, ni es para vos, ni nada de eso, es una simple historia que el café me contó un domingo en pijama

sábado, 11 de junio de 2011

El color de la tarde

Ya han pasado dos horas y él todavía sigue en la estación esperando su llegada. Las nubes están de un color distinto, pero no porque atardece sino porque esa ausencia las apaga y las confunde con el color de la soledad. Un suspiro acompañó la espera y las miradas de los viajeros le advertía que ese día no se iba acabar. Las maletas se veían cansadas de rodar ese mundo, de escuchar los testimonios de los recuerdos y las sombras ya abordaban el próximo tren.

Estaba parado encima de una ilusión distorsionada y sobre un charco  que mostraba un mundo al revés. La desesperación se apoderaba poco a poco de su cuerpo y el recuerdo de su figura lo dormía. Abría y cerraba sus ojos e intentaba concentrarse en la tarde pero su rostro paseaba junto al viento y se instalaba en su bostezo.

Sorprendido, esa era la sensación, sorpresa y nada más pero, ¿por qué sorprenderse si siempre es igual? Siempre espera palabras cálidas, historias nuevas, llamadas y juegos y como siempre ni la nostalgia se lo regala.

Cada viernes llega a la misma estación, se hace al lado del teléfono público y espera hasta que sus pestañas empiezan a caer, hasta que sus manos no pueden sudar más, hasta que el tiempo se cansa de derretirse. 


Tiempo. No quedaba nada más que el tiempo y la espera, pero… ¿espera de qué? Si no ha sido la única que lo ha hecho.


Estaba cansado de sentir lo mismo pero sin sentir, estaba cansado de soñar paisajes donde él no hacía parte, cansado de recorrer historias donde nunca fue contado y sobre todo estaba exhausto de su vida, que no era más que mundos que él había impuesto, amores desdichados  y palabras desvanecidas por su ingenuidad.

Él es un ladrillo, un tiquete, una foto, un color naranja mezclado con azul y blanco, una risa quebrada, un pedazo de mundo y nada más. Es una petición en una estación escondida entre el humo y el color amarillo. Una estación eterna, con miradas eternas y falsas ventas.

Sus manos se calientan en los bolsillos de esa chaqueta que antes era negra y que ahora parce café, azul, sola. Espera los brazos tibios que le cierran los ojos para poder volar un momento que no es un segundo sino una eternidad. Detalla cada una de las personas que pasan a su lado. Una con barba y calva, otra con un vestido largo y rojo, otra con su pareja, y mira fijamente ese teléfono y la tarde, esa maldita tarde de soledad.

El tic-toc del reloj de su muñeca lo aceleraba más, su corazón palpitaba rápidamente, el aire se le acababa y de la nada todo se volvía oscuridad. ¿Alguna ayuda? Alguien que haga algo por él. Tic-toc. Tic-toc. El reloj sigue funcionando y el cuerpo de ese hombre cae en el charco inundado de falsedad.

A lo lejos puede ver, detrás de todos esos rostros conocidos pero nuevos, su sombra, puede ver como baja con su elegancia y suavidad del tren, ve como se le acerca y le besa los labios y lo lleva a viajar al lado del sol caído. Cierra sus ojos, apaga su corazón, paraliza sus manos.

La espera ha terminado, la noche ha llegado y junto a ella esa dama que vive en el color de la tarde; esa mujer que es temida pero deseada, es una señora prudente y callada que se apodera de la vida y la desliza por sus dedos para jugar con ella en un futuro aparentemente incierto, al lado de un espacio donde no habita el tiempo ni la voz.