lunes, 21 de noviembre de 2011

Insomnio

Con lágrimas en mis ojos rojos te digo que de nuevo soy yo.

El cansancio se apodera lentamente de mi y me hace borrar los recuerdos del día de hoy. Tal vez del desayuno sólo me acuerde de la mermelada que le puse a la tostada, del almuerzo seguramente estará presente en un rincón de mi memoria ese puré que tanto me gusta, pero, estoy seguro que de la noche no me acordaré, cómo me ha venido pasando 35 años seguidos. 

En mi memoria hay un hueco; un roto infinito.

La ausencia de ella me desespera pues,todas las noches mantengo despierto para acordarme siquiera de una luciérnaga, o de un farol en la calle, pero no, es imposible para mi memoria retener ésta parte. Es como si un relámpago me arrebatara el tiempo durante la noche, y me tomara de la mano y me llevara a otro lugar, sin color, ni olor, ni sabor. Ya estoy cansado de no poder acordarme de su clima, ni de la cara de la luna ni de su juventud, además de tener que escuchar esas historias dónde la alaban y por supuesto estoy cansado de no poder soñar.

He visitado especialistas en la memoria, psiquiatras, brujas, magos pero, ninguno ha podido detectar esto. He tomado pastillas, jarabes, aguas, matas, sopas, pero nada ha dado resultado por eso acudo a ti, porque mi paciencia se ha vencido, y no te preocupes que esta vez no es un simulacro, tenlo por seguro que al caer la noche estarás tocando mi puerta y yo con mis enormes ojeras te acogeré y me llevarás a ese mundo desconocido, que dicen que es un paraíso, dónde todos son livianos y hay sueños en cada esquina, dónde podré dormir y ser la envidia de todo cristiano, donde podré caer al fin en ese sueño inmortal y eterno.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Mambo cliché

Camino lejos de mi casa y busco en la basura trozos de carne. Mi nariz húmeda y mis orejas frías me dicen que la calle es mi amiga. Las pulgas muerden y succionan mis pensamientos vagabundos y lo único que se me ocurre es caminar.

Doy pasos fuertes y siento como se entierran las piedras en mis patas, camino oliendo la noche y saboreando el banquete de anoche. Llego a un paradero de bus y veo a las personas de pie, mirando su reloj, acomodando sus chaquetas, miro los charcos y carros. Pasa un bus y hace rebotar agua, moja mi pelo, se engrasa y endurece, mi mirada igual; perdida, blanca y negra. 

Me sacudo para olvidar mi hogar pues, hace mucho dejé de ser un perro fiel, "el mejor amigo del hombre". Miro hacia arriba y veo titilar el semáforo, la gente corre y sobre mí la melodía de los desaparecidos, de las miradas ciudadanas, de los olores a orín y cigarrillo, a gasolina y olvido.

Camino por el pasto en medio de un mar negro, lleno de luces y me acuerdo de mi nombre, Mambo, pero siempre quise ser un cliché y llamarme Bruno, también tener una familia y sacar la cabeza por la ventana del carro y ladrarle a los pájaros. 

Mi casa es debajo de un puente, mi dueño... mi dueño es el cielo. Le ladro a quienes me dan cariño y le gruño a quienes me buscan juego. Tengo cicatrices en mi rostro. Peleas por comida o señoritas porque... siempre somos muchos los que necesitamos de ellas porque no sólo vivo con el instinto, vivo con el hambre y la sarna. 

Estoy en un parque con árboles muy altos, alzo la pata aquí y allá, agacho mi cabeza y entierro mi trompa en el pasto frío y huelo risas y niños, también huelo rancio y a rata, maldad pero también horas y horas de espera. Me siento y rasco mis orejas, lo hago para distraerme, para aturdirme con mis movimientos, para no sentir a la soledad, para hacer música, compañía y placer. Cierro un poco mis ojos y me doy cuenta de lo viejo que estoy, del mundo que me ha tocado y de los miles de dueños sucios que he tenido, los mismos que me empacaban en un carro de madera y al otro día morían o de hambre o de tristeza o de sobredosis, de emoción negra.

No me gusta llamarme callejero, pero sé que tampoco soy limpio y quieto; le ladro a los carros, paso mi lengua por las carnicerías de la galería y miro a las putas como mis señoritas y siento sus perfumes y toco sus rodillas y volteo cuando gritan y gimen y lloran por su puta vida, sí, puta vida para las putas, porque jamás serán como yo, que vivo en función de comida y charcos, que arriesgo sólo mi vida cuando veo un carro y que no necesito dinero ni mucho menos perfume y mallas.

Me sacudo de nuevo y estiro mis cuatro patas y miro la única de color blanco; recuerdo su boca en ella y empiezo a no sentirla, a caminar sin ella.

Cruzo a la autopista y veo de lejos el puente y mis pupilas se dilatan, mi lengua se seca y mis ojos lloran cada vez que pienso en el puente. Sí, soy un perro, soy Mambo y no tengo un nombre cliché, además de eso lloro.

De nuevo el farol roto y los gatos, que por su puesto ya me cansé de perseguir. Las peleas hogareñas, el ladrón corriendo agitado, y yo en mi calle, que es igual al millón de imágenes y palabras que he visto y escuchado, misma comida, mismo pelo, misma nariz, mismas orejas caídas pero, no tengo un maldito nombre como cliché.

Piso el suelo baboso y siento el frío y olor a humo, veo a los hombres callejeros y me alejo, me pierdo entre tanta oscuridad que la noche otorga cerca a mi puente. Entre mi pérdida encuentro anhelos y pelotas que mordí, el cariño que ladré y las llantas que alguna vez me pisaron.

Camino lentamente, me agacho, más bien me acuesto, y empujo para llegar a mi caja. Tres vueltas (siempre hay que hacerlas) me siento, me acuesto y pongo mi trompa sobre mis patas y me rasco los ojos y apago mi luz blanca y negra. Sueño, duermo, siento,  y pienso que mi nombre no debería ser Mambo sino un cliché como Bruno.

domingo, 30 de octubre de 2011

Despertador

Sonó el despertador pero no me dio la gana de levantarme, los ojos me pesaban y la boca estaba sellada a mi sueño. Sonó el despertador y mi habitación se derretía, las cobijas estaban soldadas a mi cuerpo y la almohada era mi cabeza.

Tan sólo pensar en tener que levantarme a ver la misma cara de esta ciudad, asomarme a la ventana y observar la misma silla vacía, el teléfono sin palabras, el café lleno de personajes invisibles y las mismas ideas caminando, me destruye, me desbarata y me vuelve pedacitos de nubes, que compiten contra el sol.

Se cumple el mismo ciclo, abrir, cerrar, mover, andar y las ideas se disuelven en el aire contaminado de pesares e imágenes, de falsedades, de espíritus vagos, sin sabores, ni formas, simplemente espíritus como los de un soñador en una esquina a la espera de esa verdad que no quiere escuchar.

Tener que caminar en ese mar de cemento, donde se consume al ser y lo deja del mismo color, donde todo lo rige piedras y una enorme ceja de verdad me aburre. ¿Por qué no quedarme durmiendo, soñando un poco que puedo volar? Porque sencillamente este lugar no está diseñado para andar en las estrellas comentando acerca de su reflejo en el mar. Seamos realistas, esto acá está creado para personas capaces de agrandarlo y darle más poder a la ceja.

Mi despertador sigue sonando, pero mis manos no responden, no quieren darle inicio al día. Café, agua, un pantalón y una camisa me esperan para lanzarme a ese vacío, dónde la cuerda se me romperá y tendré que caer fuertemente, como esas palabras que atraen y esas acciones que espantan.

Está bien dejaré la pereza para otro día, estoy lista para levantarme de esta tiesa cama e irme a capturar esas palabras enredadas en los árboles.

A la una, a las dos, a las tres… Esperen…

Ahora mis piernas no responden, mi cuerpo está acomodado igual que anoche, tal vez me esté quedando paralizada, tal vez mi despertador se cansó de sonar. 

domingo, 2 de octubre de 2011

El Pulmón


- Entonces el suave olor de la niebla logra entrar en mi nariz,  anda hasta mis pulmones, los inunda con su espesor y además trae consigo unos hombrecitos blancos, con una gran nariz y grandes pies, son muy flacos pero tienen unas barbas enormes. Pues bien, como iba diciendo, estos hombrecitos poblaron mi pulmón izquierdo, no pudieron establecerse en el derecho porque los hombrecitos de negro, los que me trajo el olor de la noche ya se habían instalado, (habían creado ya su propio mundo). Llegaron entonces, a mi pulmón izquierdo, dónde construyeron sus cómodos hogares los cuales estaban hechos de baba y mugre, las puertas eran el humo que se logró mezclar con el aire inhalado, el asfalto era el polvo y sólo la niebla era la vida.


Pasé mucho tiempo con estos personajes, sentía una tos cada vez que creaban algo nuevo, que sólo movía sus construcciones pero nunca las dañaba, eso sí, cuando un intruso llegaba a uno de mis pulmones, era expulsado por la patrulla del estrornudo, y no, no he sabido de ninguno que haya compartido espacio con los blancos o los negros, siempre salían cuando menos se lo esperaban.


El gobierno de los blancos no duró mucho pues, un día cuando menos lo pensé, el olor del pasto logró entrar en mi nariz y de inmediato entró al pulmón izquierdo, los hombrecitos de verde iban preparados para invadir el nuevo territorio, llevaban buenas municiones y unas enormes tropas, cogieron a la patrulla del estornudo desprevenidos, y se tomaron el pulmón izquierdo. Los blancos se armaron de olor de estrellas y los verdes llegaban armados de olor de tierra, todos preparados para luchar por el mismo objetivo, lograr el poder del pulmón izquierdo.


Comenzó entonces la batalla, hubo mucha muerte, nuevas mezclas como hombrecitos verde menta. Ya no quedaba nada, mi pulmón se estaba secando pues estaba lleno del humo de la guerra de tierra y estrellas, había solo escombros de polvo, de lágrimas y de baba que se mancha de muerte.

Cada minuto que pasaba sentía con mucha dificultad respirar, mi pulmón izquierdo se apagaba y el derecho, siempre tan egoísta no hacía nada por su compañero, así que no me quedaba más que toser para que se movieran y así logré que los hombrecitos o más bien, sus cadáveres, desalojaran mi pulmón.....


Desearía continuar con mi historia pero está muy tarde y es mejor ahorrar fuerzas. Les pido el favor de dirigirnos a descansar porque mañana nos espera un día muy pesado, pues nosotros, los hombres azules, los del olor del mar, iremos a tomarnos el pulmón izquierdo.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Señor Cara de gato



Sí, sí, hola Señor Cara de gato.

Mientras me comía el queso que le robé a Inés, me preguntaba cuál era el motivo de  tu indiferencia y tus alegrías espontáneas, pero la verdad, todavía no he podido encontrar argumentos para darle solución a este problema, que me trasnocha cada vez que estoy soñando con millones de quesos y cucarrones.

Ayer te vi Señor Cara de gato, y lo único que hiciste fue limpiarte la cara con tus patitas negras  y echar un enorme bostezo que olía a pescado, a leche, a pelo, a autonomía, porque algo que de verdad me impresiona Señor Cara de gato, es lo independiente y conchudo que llegas a ser.

Mis enormes y frías orejas  se alegraron al oírte, mis bigotes y mi diminuta nariz extrañaba ese olor de tu boca y mis pequeños y negros ojos saltaron de la emoción al verte pero baaah como siempre tú, gordo y peludo Señor Cara de gato seguiste caminando hasta el sillón de Luis.

En realidad Luis, nunca me ha agradado, pues siempre que intento ir por calor al sillón, no hace sino gritar “¡Inés, Inés, una cosa peluda y horrible está debajo del sillón!”, creo que es más grosero que tú Señor Cara de gato, además me dan miedo sus cachetes, pues, aparte de ser peludos  son morados, y tienes que entender Señor Cara de gato que gracias a mi tamaño, todo lo veo con un aumento mayor que tú, por lo tanto, sus cachetes los veo como dos manzanas gordas.

Ayer mientras  enterrabas tus uñas en el sillón de Luis y te estirabas traté de hacerte la visita, pero mientras subía ese enorme sillón, tú ya te habías echado a dormir, así que decidí   ir a la cocina (para ser más exacto al frutero  rojo que tiene Inés  al lado de la nevera), a visitar al viejo Mariano, el gusano que vive en las guayabas que trae Luis del patio, pero fue imposible hablar con él, porque el pobre se está volviendo sordo y fuera de eso, está perdiendo su memoria debido a la vejez, así que decidí mejor irme a mi casa.

Esta mañana pude oler la leche caliente que Inés hervía pues, acababa de pasar el lechero y Luis siempre le pedía el favor a ella de hervir la leche pues tenía serios problemas con la higiene. Yo todavía no entiendo para qué procesan tanto las cosas, yo siempre he comido todo tal cual como lo encuentro, eso sí, los cucarrones prefiero acompañarlos con un poco de azúcar y leche.

El punto Señor Cara de gato, es que te vi esta mañana y me saludaste y comentaste acerca del sueño que tuviste, fuera de eso me invitaste a tomar leche de tu plato y yo feliz acepté, pues, aparte del hambre que me visitaba esa mañana deseaba compartir tiempo contigo Señor Cara de gato, (porque siempre he creído que para nosotros, los ratones, no hay nada mejor que un amigo gato, pues nos puede contar los secretos que hay tras la alacena) pero de nuevo preferiste ignorarme por completo y emprender tu camino hacía el sillón de Luis, así que no me quedó más remedio que seguirte hasta allí. Te empecé a hablar pero tú no respondías nada de lo que yo decía, ni los insultos, ni los chistes, ni los chismes, sólo te limitabas a caminar y a mover suavemente tu cola.

Cuando menos pensé, me agarraste con tu pata y me mandaste para la boca.

Llevo dos horas Señor Cara de gato en tu estómago y todavía me pregunto cuál será el motivo de tu indiferencia y tus alegrías espontáneas.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Tango roto

Antes que nada voy a aclarar que la imagen es creación de Javier Siqueiros, lo pueden encontrar en twitter como @  y además se pueden deleitar y emocionar con su galería en Flickr: http://www.flickr.com/photos/48164498@N03/sets/ y con sus escritos en  




Chocaron emociones y sensaciones, ideas, odios, cuerpos. De todos modos de nada sirve tener que contar tal suceso pues, todo se fue al vacío, al olvido, a ese terreno desolado en mi mente, a esa habitación donde todos guardamos recuerdos bajo llave y preferimos tragarla para que nadie abra esa puerta y saque los monstruos viejos.


Mejor continúo. Ya crucé la calle 24, ya hablé con el señor de la librería, ya me rasqué la nariz y ya me comí una menta.

El sol de hoy es precioso, lo acepto, pero me doy cuenta que es un sol que derrite todas las ganas de volver, que devora cruelmente mis lágrimas y además que me hace sonreír con obligación...¿qué digo? si ni siquiera he sido feliz este último mes, ¿acaso quiero aparentar alegría? ¿será que mi alma quiere salir a aplastar ese sol? o ¿mi cuerpo estará cansado de mi corazón frío y oscuro?

No sé que pasa con mi cabeza y la noche, y mis manos y la noche, y mis ojos y la noche,y la noche y la noche, la amada, melancólica y maldita noche. Todo esto se conecta con ella para dar una tormenta de tristeza a mi almohada. Mi estómago se comprime al ver que se acerca tal sentimiento y los sollozos son siempre la música de fondo. Paro. 

Mi recorrido debe continuar pues no le debo dar trascendencia a eso...bueno, eso me dijo Antonio.  

Decido salir a hablar con tantas miradas y acompañar los alientos de las personas que están a la espera de noticias.

Un carro azul, una banca, un cajón de dulces, 10, 45, 87 pasos más y entro al edificio, sonrío, y subo.

Son ocho pisos, de no ser un día como el de hoy utilizaría el ascensor, me encontraría a la mujer de labios vino tinto del piso cuatro, a la pareja gay del piso seis y a la viejecita que prepara té de manzanilla sin manzanilla del mismo piso.

Mientras subo los escalones recuerdo el juego de no pisar las líneas y empiezo a jugar. Esta sí, esta no, tres escalones, siete escalones, doce escalones y pienso en mi partida, en la ida y en la llegada, de repente un impulso me hace correr desesperadamente. Salgo del edificio y sigo corriendo bajo ese sol, cruzo la calle, llega un bus, no miro hacia donde se dirige y me subo.

La ventana, siempre la ventana. Me gusta mirar hacia arriba cuando voy en un carro, la combinación del azul del cielo y del verde de las hojas de los árboles me produce un placer en la boca, es un beso a la tarde. Semáforo, Paro. 

Sigo rodando en la avenida, cantando canciones, sus canciones, y encandilándome cada vez que miro al cielo. Observo un parque y tres cuadras después decido bajar del bus y caminar hacia allá. 

Observo un árbol viejo y doy pasos cortos para llegar a él. Paro. Me recuesto sobre su tallo. Me siento.

La tierra me pesa, el sol quema levemente mi piel, y su mirada todavía permanece en mi memoria. Es mayo, pero parece octubre; digo eso porque ese mes trajo consigo momentos efímeros, que ya los perdí. Los tangos permanecen en mi día a día y el calor de sus abrazos ausentes me despiertan cada mañana.

El pasto está mojado, mis labios rajados por el olvido y una palabra permanece colgada de este árbol, aquel que me acoge con sus grandes y viejas raíces que tienen más historia que agua.


Una melodía la trae el viento y sutilmente llega a mis oídos y se desliza por mis manos, siento un calor dormido, un calor vivo, un calor perdido. Cierro los ojos y dejo que esa brisa acaricie mi cara, me hace recordar los días a su lado. Paro.

Recuerdo su tumba y los tangos rotos, recuerdo su voz susurrando tales canciones y presionando sus labios en mi hombro. 

Corre una lágrima de nuevo, ésta con un sabor más dulce que las de la noche, de todos modos ya está anocheciendo, ya está muriendo mi tarde, su tarde, más bien nuestra tarde pues, su recuerdo sigue vivo en mi memoria. 

Regreso a mi casa, uso el ascensor, piso 8. Abro la puerta, dejo mi chaqueta en el sillón, preparo café, me miro al espejo y no encuentro reflejo, me siento en el balcón y mi taza tararea una canción, su tango roto.

martes, 16 de agosto de 2011

Tres

Tal vez es de mañana, tal vez la jirafa se haya encogido un poco hoy, tal vez el cielo esté rojo y la luna siga afuera, tal vez las sonrisas se están expandiendo poco a poco en caras de extraños, tal vez la soledad se está terminando de acercar con timidez.


Todo es grande y pequeño, las ranuras de los andenes albergan sangre y olvido, maldad y besos, monedas y licor, promesas y telas. Yo en cambio albergo el frío, pedazos de oraciones sin sentido, de sol derretido, de pretensiones e ilusiones.


Está el 3, número 3. 3 lunas, 3 calvas lunas llenándome de verdades que no quiero que se conviertan en pulseras , en monedas, en gatos, en número 3; de ser así tal vez quede más ahogada en amargura, tal vez quede como un camino lleno de pasto seco o de pronto como una carta no entregada, sin destinatario.


Aveces es posible pensar en un rostro no conocido, amarlo y besarlo.  Adorar tal imagen y al final ni siquiera abrir los ojos para darse cuenta que todo era manchas de colores, que una vez más estoy hablándole al frío de la noche, que el rojo de ese día quedó en mi labios nada más.


Vuelve a mi el 3, y una luz que grita nombres, y pasan millones de imágenes y de nuevo me paso las manos por mi cara y aprieto fuertemente mis mejillas y lloro y suspiro y hablo y pienso y muero lentamente junto al olvido y la sal.


No quiero café, ni vino, ni agua, ni lluvia, tampoco quiero palabras, ni canela, sólo quiero llegar lentamente a mi cama y entrar en un sueño profundo, despertar y encontrar muerto el 3, agarrarlo con mis manos y botarlo al inodoro, tirar de la cadena y con ella tirar esas falsas memorias, mis expectativas, el frío y el pasto.




lunes, 15 de agosto de 2011

El Bosque

Pues este fue el primer cuento que decidí publicar y se me ocurrió subirlo a este blog porque hoy en mi viaje pasé por un bosque que me recordó tal cuento...



Entra al callejón de la 126, busca las llaves en su bolsillo, abre la puerta, deja sus cosas a un lado y se dirige hacia la biblioteca, encuentra un buen libro, lo deja en la mesita de noche y va por un buen vino.


Después de arreglar su cama, se sienta en ella, abre el libro y encuentra escrito en una de sus páginas:
“Entra a un bosque, y en éste solo hay gritos, olores fuertes y sangre, hay sufrimiento y dolor, Juan camina y sigue caminando hasta que se cae, y le es imposible levantarse, un dolor muy fuerte lo invade, examina su cuerpo y se da cuenta que su pierna no está, grita, huele, y ve la sangre, sufre y está adolorido. Juan hace parte ya, de la decoración del lugar, mira a su alrededor y lo que se suponían que eran arboles ahora son personas igual que él. Juan ya no puede hacer nada, ya es una parte de este bosque.


Mientras tanto, el dueño del bosque se encuentra en su cálida oficina, con sus obedientes secretarias y su noble asistente. Don Ramiro, como lo conocen en el pueblo, se encuentra pensando e ingeniando la manera de hacer  un bosque compañero a éste, pero no le encuentra ni forma ni textura. Él recuerda que el bosque pasado ya estaba cuando llegó al poder, y también recuerda que la única manera de hacer otro bosque es preguntándole al dueño pasado cómo fue la construcción del bosque #1, pero lamentablemente para don Ramiro el señor murió.


Entra una chiquilla con su muñeca al bosque, canta y baila la pequeña, hasta que siente que algo la arrastra, le coge fuerte su pequeña manito y no la suelta, ella grita en todo el recorrido hasta que por fin para y siente que no se puede mover, examina su cuerpo y se da cuenta que su mano falta, siente de repente un dolor insoportable. La niña se da cuenta que le brotan raíces de sus pies, y de su cabeza salen un millón de ramas, ella intenta gritar pero su boca ha sido sellada, intenta llorar pero sus ojos se han secado, ya no es una niña, ya es un árbol más.


Don Ramiro duerme, en su cómoda cama, en un colchón que lo hunde hacia otro mundo, unas sábanas que son su ropa y una almohada que es su mente, pero algo despierta a este señor, un recuerdo fuerte, don Ramiro mira a su mujer dormida al lado, junto a ella hay una energía que le pide que lo abrace y bese, una energía incomprensible pero don Ramiro vuelve a dormir...”


El personaje cierra el libro, termina su suave vino y se duerme.


Al día siguiente, le cuesta mucho trabajo despertarse, empieza por su suave y no muy agradable boca, luego por sus pegajosos ojos y por ultimo por sus tiesas extremidades. Se para de su cama, se prepara un café y se baña. Escoge una camisa verde con rayas blancas, una tela fresca para el nuevo día, un blue jean y unas cómodas zapatillas. No se peina, simplemente se toma su café ya listo con un pequeño trozo de pan y sale al pequeño pueblo.


Camina sin parar, cruza sus mugrosas calles, compra en una tiendita el periódico del día y se sienta en una cómoda banca a leer. Todo le parece igual: muertes, robos, corrupción, partidos ganados y perdidos, moda, ente otras cosas.


Se detiene por un momento en la página de clasificados y mira un anuncio que se le hace muy familiar éste dice:


“ MADERAS DEL NORTE
Venta de madera de pino, roble y cedro
Informes: 358-965-51 preguntar por Ramiro Cruz”


Al ver esto el hombre queda muy intrigado, lleva su mano hasta su bolsillo lleno de lanas y revisa si tiene monedas, efectivamente tiene lo justo para un autobús y le sobran unas pocas.


Cierra el periódico, se para de la banca, lo dobla dos veces y lo agarra muy bien, camina tres metros y deposita sus monedas sobrantes en un teléfono de servicio público, marca el número que encontró en el periódico y espera pacientemente. Finalmente la voz de una dulce mujer le dice:


-       Muy buenas tardes, se ha comunicado con Maderas del norte, ¿en qué le puedo servir?


 Éste muy asombrado pregunta por el señor Ramiro Cruz, lo comunican y después de unas vagas palabras programan una cita, que se llevará a cabo en una hora.


Se dirige hacia el punto de venta de Maderas del norte, se encuentra con Ramiro Cruz y lo conducen hacia un lugar donde le mostrarán la mercancía.


Entra a un bosque, y en éste solo hay gritos, olores fuertes y sangre, hay sufrimiento y dolor. Juan ya no puede hacer nada, ya es una parte de este bosque.

viernes, 5 de agosto de 2011

Nota encontrada en el sótano

Se supone que hay que hablar con la verdad, siempre la verdad, por eso escribo esto, porque quiero comentarles que, situaciones han revuelto mi estómago últimamente y el recuerdo de ellas lo siguen haciendo y sigo cayendo en la misma conclusión, no se me despega ni de mi mente ni de mi estómago, ni de mis ojos, ni de mi boca, porque todo se me desarma al pensar en ello, un temblor entra en mí, me agarra, me abraza, me sacude y me es imposible soltarme, un temblor que empieza con suspiros, sigue con lágrimas y termina con gritos, gritos de mi alma, de mi verdadero ser, gritos de mis ojos, gritos de mis oídos, gritos de mi cerebro, y diría que de mi corazón pero hasta donde sé el corazón no grita.

 Todavía recuerdo su blanco y serio rostro, también recuerdo al cuchillo que pasó, me saludó y se instaló en su pecho, recuerdo ver su boca abriéndose y pidiéndome ayuda,  recuerdo de igual manera lo divertido que me pareció, porque en realidad lo fue.

Si señoritas, maté a mi propia conciencia.

Nunca creí que fuera a ser así, siempre imaginé que ella era un grillo verde que vivía en la mitad de mi cerebro, pero me di cuenta que era asiática el día que maté a la locura pues ella salió con un botiquín que consiguió la vez que maté a la imaginación.

En este momento estoy escondida en el sótano de la casa verde de la calle 65, temo que la patrulla de la cordura venga por mí, pues la vecina Marta habló acerca de los asesinatos cometidos. Aunque el lugar no es muy agradable, es muy cómodo. Como pan y leche que la dueña de la casa me pasa. Mis mejores amigas son las ratas y mis enemigas las pulgas, pero trato de sobrevivir acá.

Les escribo esto a ustedes, mis difuntas amigas, porque he cometido un gran error y mis lamentos es la música que escucho diario. Acabo de darme cuenta que el problema no eran ustedes si no la razón, ésta se ha apoderado de mi cuerpo y de mi mente y me hace actuar de una manera que no acostumbraba.

No me queda más que decirles un “hasta luego” pues, no puedo escribir más porque presiento que esta vez no es un temblor si no un huracán el que quiere entrar.

Abril 14 de 1972

martes, 12 de julio de 2011

Llovía

Llovía, y sentía el impacto de cada gota en su cabeza. Caminaba sin rumbo alguno pues, era mejor eso que tener que volver a ver esas imágenes en su mente. Tenía puesta una chaqueta algo desteñida por el sol, color azul, un blue jean roto cuyas botas estaban mascadas por calles que un día lo vieron correr, sonreír y hasta llorar, pero que esta vez su actitud no les decía nada.

Caminaba en ese escenario gris y frío  recordando sus labios rojos y lo bien que lucían con sus tacones. Su nombre lo veía en cada alcantarilla, arrinconado y temeroso y su figura la dibujaba en ese paisaje de paraguas.

Después de inundar su mente con su recuerdo decidió dejar a un lado la figura de aquella puta y seguir caminando. Eran las 5:30 de la tarde pero para él el tiempo estaba hospedado en los charcos.

Decidió detenerse al fin y sentarse contra una pared, no hacía nada más que mirar el suelo y sentir cómo las gotas de la fría lluvia recorrían cada espacio de su rostro. Lloraba sin motivo alguno y le costaba llevarse una lágrima a la boca, porque ésta se ahogaba con las palabras que nunca pudo expresar. Cerró sus ojos y empezó a recorrer lugares nunca visitados, se desplazó como una luz roja en un túnel lleno de puertas torcidas. La curiosidad entonces, entró en él y también en una puerta, al cerrarla vio que se encontraba en un lugar completamente blanco. Gritó y solo consiguió respuesta de su eco, empezó entonces a caminar y a medida que iba recorriendo el espacio esas imágenes se volvieron a reproducir en su mente, imágenes que nunca había podido descifrar y que cada noche le hacían una tormentosa visita.

Aparecían una al lado de otra, sus ojos se retorcían al ver la multiplicación de ellas y le era imposible cerrarlos, hasta que por fin despertó.

Se encontraba en su cama con una cobija que le cubría sólo hasta el ombligo, miró al lado el reloj de su mesita y vio que eran las 11:30 de la noche, se paró y se dirigió hacia la ventana y observó que todavía llovía.

lunes, 20 de junio de 2011

Y si digo que de nuevo soy yo, que la soledad aparece como una sombra y me abraza, que los espejos están empañados de tanta falsedad, que los ojos, las bocas y las manos ya sólo me hacen daño, porque eso es para lo  único que se manifiestan; para herir.


Anoche el frío, el sudor, la mugre y el licor hablaron por sí solos, me mostraron de nuevo esa parte de mí que había olvidado, que prefería olvidar.


Tragué palabras, sentimientos, miradas; de nuevo miré a la luz y la dureza y simpleza apareció.


Y sé que en esas cuestiones de la belleza no gano, es más, ni siquiera me interesa obtener algún puesto o aprobación pero, cuando esa voz interna se manifiesta para recordar ciertas situaciones y expresiones todo se revuelve.


Dejé de escribir cuentos para untar mis escritos de un poco de sentimientos porque está claro para mi que, mis cuentos no son más que fantasías, mundos que algún día quise vivir, que seguramente están muy lejos, en un pulmón, en una carretera, en una alcantarilla, en un atardecer.


Hablaría de tanto pero a la vez de tan poco que las tres personas que me leen se aburrirían, yo me aburriría, el teclado se aburriría. Sí, es que no encuentro ni siquiera lugar en la escritura, es que parece que situaciones tan pero tan pequeñas e insignificantes mueven mi mundo que me aturden y no me dejan escribir.


Debería pagar un psicólogo pero no...

martes, 14 de junio de 2011

Uno de los viajes

Tiré la colilla del cigarrillo y apreté con mucha fuerza el timón, manejé por esta recta y extensa ruta sin parar, escuchando música que me transportaba a un lugar más amplio y cómodo que este carro viejo, que tiene más óxido que gasolina. Era una tarde de junio donde el sol inundaba con su luz cada espacio del auto, donde, además parecía que todo se derritiera, el asfalto, las plantas y sobretodo tu recuerdo.

No paraba de cantar aquella canción que una vez escuché en ese café, cuando sólo me dedicaba a leer revistas de política que ni siquiera me interesaban, sólo esa melodía se enredaba en mi lengua, pasaba por mis pulmones y brotaba como aire, el mismo aire que lleva estas palabras hacia ti, el testimonio de un viajero que no hace más que recorrer una larga carretera hacia un lugar que dejó de existir, hacia el fondo de mi imaginación, donde empezó a crearse todo, cada vena, cada hueso, cada pelo que te pertenece, porque la desesperación fue la que te parió, la alegría la que te alimentó y la soledad la que te amó.

domingo, 12 de junio de 2011

Domingo de café

Todavía tengo mi pijama puesta, estoy en el suelo, contra la pared y acompañando una taza de café. Lo acompaño porque él se cansó de acompañarme diario, hoy es su día, hoy le hago compañía al café.

La habitación es de color amarillo, pero pronto se convertirá en naranja, más tarde en azul y para finalizar en oscuridad, así como el café. Una ventana adorna este lugar, una ventana que no hace más que reflejar luces andantes y voces dormidas. La biblioteca… o lo que queda de ella, no es más que un basurero de aquel recuerdo.


Se pasea el café por mi boca y su amargo sabor me dice que es hora de cambiar de posición, de dejar de pensar en eso, en la invitación si, la invitación rechazada que me hizo acudir al café.

Muy bien, me paro de esa baldosa caliente y estoy dispuesta a salir sucia. Eso de tener un encuentro con el agua, hoy domingo, se cancela. Me hago una trenza en mi cabello, cojo el mismo pantalón de anoche, la camisa con el ojo grande y la chaqueta gris.


Llaves, billetes, monedas. Cierro la puerta.

Todo está diferente, un color morado transforma la calle y el pasto ya se está volviendo azul. El sabor de esa risa se hospeda en mis manos y sus dedos todavía los siento en mis ojos.

Me encuentro tirándole palabras a un mundo que apenas conozco, mirando las soluciones y a la vez ilusiones y solo me queda preguntar: ¿qué sentido tiene digerir esas pinturas?

Todavía me cuesta entender algunas palabras pero es que me aturde esos gestos falsos que hacen parte de estos andenes por los que ahora juego, sueño y camino.  Cierro los ojos, meto mis manos en los bolsillos de la chaqueta y empiezo el viaje en un submarino lleno de sonido. Canto pero me doy cuenta que son simples melodías que dañan sus ojos y además son ideas que hacen parte del costal de mentiras.

Camino a la morgue de palabras ciertas pero que no acepto, camino bajo la lluvia, una lluvia turbia y amarga, una lluvia de café. Paso por una tienda de caprichos y un viejo barbado y mueco me muestra un tarro y me dice: “el amarillo es el más apetecido”, pero yo me he dado cuenta que los caprichos no vienen en un empaque y mucho menos que hacen parte de esta historia, de mi historia.

Mi mochila está llena de papeles, papeles de colores con olor a noche y a canciones que algún día prometió conmigo regalarle al viento  pero que yo no quise aceptarle esa promesa y mucho menos esa enorme invitación.

No, no es un escrito romántico, ni es para vos, ni nada de eso, es una simple historia que el café me contó un domingo en pijama

sábado, 11 de junio de 2011

El color de la tarde

Ya han pasado dos horas y él todavía sigue en la estación esperando su llegada. Las nubes están de un color distinto, pero no porque atardece sino porque esa ausencia las apaga y las confunde con el color de la soledad. Un suspiro acompañó la espera y las miradas de los viajeros le advertía que ese día no se iba acabar. Las maletas se veían cansadas de rodar ese mundo, de escuchar los testimonios de los recuerdos y las sombras ya abordaban el próximo tren.

Estaba parado encima de una ilusión distorsionada y sobre un charco  que mostraba un mundo al revés. La desesperación se apoderaba poco a poco de su cuerpo y el recuerdo de su figura lo dormía. Abría y cerraba sus ojos e intentaba concentrarse en la tarde pero su rostro paseaba junto al viento y se instalaba en su bostezo.

Sorprendido, esa era la sensación, sorpresa y nada más pero, ¿por qué sorprenderse si siempre es igual? Siempre espera palabras cálidas, historias nuevas, llamadas y juegos y como siempre ni la nostalgia se lo regala.

Cada viernes llega a la misma estación, se hace al lado del teléfono público y espera hasta que sus pestañas empiezan a caer, hasta que sus manos no pueden sudar más, hasta que el tiempo se cansa de derretirse. 


Tiempo. No quedaba nada más que el tiempo y la espera, pero… ¿espera de qué? Si no ha sido la única que lo ha hecho.


Estaba cansado de sentir lo mismo pero sin sentir, estaba cansado de soñar paisajes donde él no hacía parte, cansado de recorrer historias donde nunca fue contado y sobre todo estaba exhausto de su vida, que no era más que mundos que él había impuesto, amores desdichados  y palabras desvanecidas por su ingenuidad.

Él es un ladrillo, un tiquete, una foto, un color naranja mezclado con azul y blanco, una risa quebrada, un pedazo de mundo y nada más. Es una petición en una estación escondida entre el humo y el color amarillo. Una estación eterna, con miradas eternas y falsas ventas.

Sus manos se calientan en los bolsillos de esa chaqueta que antes era negra y que ahora parce café, azul, sola. Espera los brazos tibios que le cierran los ojos para poder volar un momento que no es un segundo sino una eternidad. Detalla cada una de las personas que pasan a su lado. Una con barba y calva, otra con un vestido largo y rojo, otra con su pareja, y mira fijamente ese teléfono y la tarde, esa maldita tarde de soledad.

El tic-toc del reloj de su muñeca lo aceleraba más, su corazón palpitaba rápidamente, el aire se le acababa y de la nada todo se volvía oscuridad. ¿Alguna ayuda? Alguien que haga algo por él. Tic-toc. Tic-toc. El reloj sigue funcionando y el cuerpo de ese hombre cae en el charco inundado de falsedad.

A lo lejos puede ver, detrás de todos esos rostros conocidos pero nuevos, su sombra, puede ver como baja con su elegancia y suavidad del tren, ve como se le acerca y le besa los labios y lo lleva a viajar al lado del sol caído. Cierra sus ojos, apaga su corazón, paraliza sus manos.

La espera ha terminado, la noche ha llegado y junto a ella esa dama que vive en el color de la tarde; esa mujer que es temida pero deseada, es una señora prudente y callada que se apodera de la vida y la desliza por sus dedos para jugar con ella en un futuro aparentemente incierto, al lado de un espacio donde no habita el tiempo ni la voz.

martes, 3 de mayo de 2011

... por el momento sólo puedo decir que mis ojos se están secando y que mis manos se están quedando mudas, que el agua que alguna vez corrió por mi cuerpo ahora es vapor, que el deseo por lo incierto se recuesta sobre mi pecho, esperando con mi respiración elevarse  y adherirse al cielo, a un cielo que huele a mugre, como esa que regalan por la compra de "felicidad embotellada".


Un suspiro que se disuelve en la habitación me hace acordar esos días -¡qué días!- dónde no importaba pasar noches en vela, noches absurdas, noches tragadas por las alcantarillas y el frío, ese que movía mi boca y le daba un color pálido, que combinaba con las cortinas de la ventana, la pared azul y la colcha que me cubría la cara, esa que no he podido mostrar, que nunca voy a mostrar. 


Las palabras no caben en este lugar, las miradas están bajo el colchón y los pensamientos ahogados con la almohada.



sábado, 16 de abril de 2011

Viaje al centro de mi universo

Pues este es un cuento que escribí para un concurso ahí, pero no me atreví  publicarlo antes, de todos modos aquí está:




No recuerdo como llegué hasta este punto. Sé que ese día la luna me esperaba con sus amigas las estrellas, para empezar ese gran trayecto. El grillo, capitán de la noche hizo la señal de salida y sólo tuve tiempo de ponerme mi traje de viaje. Abracé con mucha fuerza mis cobijas antes del despegue y entré a otro mundo en un abrir y cerrar de ojos.

Pues bien, estaba desubicada, los pies me pesaban y no veía nada claro. Escuchaba murmullos y pensé que seguramente eran mis sueños anteriores encarcelados por el despertador. Decidí seguir ese sonido pero un aire denso me dividió en partículas casi microscópicas. Mientras esa corriente se apoderaba de mí, sentía en mi cuerpo un calambre incontrolable, hormiguitas por cada espacio, veía puntos, ojos, colores disolviéndose en mis extremidades. Mi boca sabía a tinta azul y mis uñas eran blandas. Un enorme mar de ideas me bañaba, pero eran ideas que no podía entender, fragmentos de libros que nunca pude terminar de leer y conversaciones vagas que tuve alguna vez en la calle.

Llegué a un lugar donde me convertí en viento, donde dejé de ser parte de ese mundo de mutantes. Lo más raro de todo es que a medida que iba explorando la zona iba reconociendo rincones donde alguna vez dejé de ser yo, espacios con imanes destructores y palabras vacías pero que de alguna manera se convirtieron en una parte de mí, en recuerdos que sólo significan algo para mi mente.

Cuando menos pensé mi cuerpo ya estaba normal, pero algo pasaba con mi voz, al momento de hablar un sonido completamente desconocido me aturdía y si gritaba no sentía nada, ni siquiera distinguía el silencio, así que no me quedó más remedio que correr. Entré por un laberinto oscuro, pero algo me hacía diferenciar las tonalidades de esa pared. Empecé viendo una pintura café, pero tres pasos después se convirtió en rojo y finalizó en un morado.  Unas imágenes entraban por mi boca muda y me hacían correr cada vez más lento, mis ojos los sentía crecer y  sólo podía ver lágrimas de canciones viejas y juramentos enterrados bajo esa tierra.

Se terminó ese pasadizo pero ese color todavía seguía presente, y eso pasaba porque entré a conocer a la noche. Ella me devolvió la voz y me dijo que había sido un mal chiste de su búho, también me habló muy bien de todos los terrestres y me presentó unas cuántas luciérnagas, me aclaró unas cuántas dudas que tenía acerca de seres extraterrestres pero por cuestiones de seguridad mejor ni les cuento. Lo más raro de todo es que yo me imaginaba a la noche como una mujer gorda, con una mascarilla de aguacate y diez rulos en su cabeza, pero era completamente distinta; delgada, alta y de cabello liso, no usaba pijama pero tampoco tomaba café para mantener despierta.

Lamentablemente las estrellas se dieron cuenta que yo estaba allí y por orden del cielo me llevaron a una isla completamente desierta. Allí empecé a sentir calor, un calor que me hizo quitar la ropa y lanzarme al agua, pero ésta también estaba caliente. No conseguía enfriarme, ni siquiera había brisa. La temperatura aumentaba, me penetraba la piel y me  hacía nadar más, como si  de alguna manera fuera a encontrar una parte fresca. Me hundí y nadé hasta llegar a la profundidad pero todo se volvió oscuridad de nuevo, entré en un sueño dentro de mi sueño y al despertar de él sólo vi ojos y manos y escuché una voz que decía: “ella es, ella es, pero silencio, que el capitán no se puede enterar”. Restregué en mis ojos mis manos para ver más claro y vi unos seres muy extraños, eran como animales; brillaban y tenían unas enormes escamas, además estaban inundados de bocas. Sus ojos eran demasiado pequeños, casi como dos cabezas de alfileres, pero eran los que los hacían brillar y tenían tres antenas que los hacían escuchar. Uno de estos animalitos se me acercó y me preguntó por qué estaba allí, si mi lugar era ese barco que hace millones de años se había hundido, pues bien, yo no entendía nada, ni siquiera me cabía en la cabeza la idea de estar escuchando y entendiendo claramente lo que una especie como esa me decía. Me distraje y cuando menos pensé todos ellos se adhirieron a mi cuerpo y me trasportaron a ese viejo barco, lleno de mugre y basura.

Cuando me entraron pude ver al capitán, o por lo menos lo que quedaba de él; era un esqueleto con tres pelos, una enorme pipa y por su puesto una pierna de palo. En su mano todavía llevaba una parte del timón y en su cráneo hueco la idea de tierra firme. Con mucha fuerza, me agarró de los brazos y me empujó a una especie de calabozo oscuro, cerró el candado oxidado y la llave se la entregó a uno de los animalitos. Muy asustada y con un paso lento decidí irme hasta lo más profundo pero de repente choqué con algo, una luz tenue se encendió y pude ver todos mis miedos y alegrías, además me encontré con aquellas utopías que ese capitán se había encargado de desaparecer. Vi cómo la felicidad hablaba sola, el amor por ejemplo no sólo volaba si no que manchaba de rojo todo lo que tocaba, la paz se había rendido y además había engordado.

Solamente conseguí calmarme cuando me senté en un baúl viejo que encontré. Cerré los ojos y sentí que mi estómago se llenaba de agua, que me ahogaba completamente y que iba a morir. Todas mis utopías me rodearon el cuerpo e ingresaron suavemente por mi boca; sentía como cada una me completaba y me hacía sentir bien, libre de todos los enigmas que paseaban por mí,  libre de toda esa basura que cohibía mi pensamiento, mis acciones, mis sentimientos. Me elevé como una burbuja de jabón y al explotar empecé a sentir mis cobijas, mi almohada, mi cama y un pito que cada vez aumentaba.

Sí, dije que no recordaba cómo llegué a este punto en que mi sueño quedó atado a mi subconsciente, en dónde no queda más que soñar para ser yo. No recuerdo como todos ahora hacemos parte de una sustancia homogénea y cómo ese patrón rompe las palabras diferentes, tilda las miradas como locura, y corona a la indiferencia, de lo único que me acuerdo es del color de mi pijama, y de las ansias que tenía del viaje al centro de mi universo.

martes, 5 de abril de 2011

Fantasmas en los faroles

Las luces me hablan. Rojo-azul-naranja-verde. Llegan, vuelven, se apagan, se prenden y se pierden como siempre

Estuve pensando en eso de: ¿qué pasaría si…? O ¿por qué nunca he...? y me encontré a esos fantasmas de sueños despiertos, a esos seres que me acompañaron en esos viajes sin regreso, esos recorridos por anhelos y sentimientos desperdiciados, aquellos que me han llevado a mundos tan vivos que a veces los confundo con la realidad.

Sí, ya sé, son “síntomas de locura” no lo repita más.

Hace poco me entregaron un escrito untado de calle, con la voz de los faroles, con mi voz, pero me perdí; entré en una confusión total, de esas que hacen preguntarme acerca del origen de mi voz, de la voz de la luz nocturna que acompaña esos fantasmas. Siempre es igual, cae la noche, piso un andén, me siento, muevo los pies y una melodía se enreda en mi lengua, - paparapapapara y nada más- las palabras se disuelven en mi mente, me conecto con las luces, hablo sola, me río sola y me imagino sola.

No me pregunte qué me pasa, ni por qué no hablo, ni por qué le sonrío a la nada, no sé si usted logre entender la relación que sostengo con los reflectores y mucho menos la relación que tengo con mis fantasmas… es más, usted es uno de ellos, así que, no tiene por qué entender.


Tengo una caja llena de rostros invisibles, de lluvia y callejones dormidos. Escribo acerca de momentos efímeros pero profundos y tiro esas malditas letras a esa caja empolvada y la pongo bajo mi cama, para no seguir viviendo esos mundos, sus mundos.

Me he dado cuenta que ese refugio no ha servido de nada, que esas historias han perdido su tiempo y me han robado el mío. Esto de hacer catarsis en realidad no tiene mucho sentido para mí, no me ha dado soluciones, no desaparece esos fantasmas, no quema los mundos, sólo deja esa caja como evidencia de mis sentimientos, esos que nunca demuestro, que no sé cómo demostrar.

Eso pasa cuando escribo pero, cuando estoy con las luces llego a un punto que me llena el estómago de una sensación tan perfecta que mis palabras no alcanzan a describir, siento que mi cabeza vuela y el resto de mi cuerpo desaparece como partículas unidas al frío de la noche. La atención que tenía es robada por las luces, y no es que no me interese la conversación del momento, es que, ellas me traen a esos fantasmas distractores; a esos malditos y hermosos fantasmas que duermen de día y me besan de noche.