La insistencia y la voluntad, nada más que eso. Dos cosas tan opuestas pero al mismo tiempo
tan cercanas. Preguntas con respuestas pero respuestas que nunca satisfacen a
quien busca soluciones. Soluciones que ni siquiera remedian aspectos de su vida
personal sino que simplemente son situaciones puestas en una mesa como tema de
conversación, para poder hacer el rato ameno, para poder emitir juicios sobre
actuaciones que están fuera de la esfera de posibilidades que dicha persona
pueda llegar a contemplar, igual es para distraerse en el momento y para no tener que
hablar de los profundos temores. Es que al ver poco, sentir poco, decir poco, se convierte en una necesidad escuchar y resolver lo ajeno.
Dejar de escribir para poder ver las cosas desde otra
perspectiva, una muy vacía por cierto, pero al final muy necesaria. Volver a
escribir con cierto tono rencoroso pero al mismo tiempo amigable con las
letras.
Puede que esté haciendo frío, puede que el ambiente esté
cálido, da igual. Empiezo este relato con las conversaciones en un espacio
social, con los juicios y las palabras sin sentido. Veo zancudos rondar la
habitación y llega a mi mente el recuerdo de aquel día de viaje. Un viaje corto
con música que arma una escena perfecta. El sol sobre sus cejas y mi vista en
el retrovisor. Las montañas como mantas llenas de retazos y mi mente con un
vacío que no he podido llenar y que sinceramente creo que faltan años para
llenar. Empiezo este relato pero no lo
espero terminar.
La sorpresa. La noticia contada. El espacio que ahora queda
para mí, reservado solo para mí, y yo como siempre con lo mismo que decir. Ese
recital que ya cansa a todas las personas pero que al mismo tiempo no se cansan
de preguntar ni el por qué ni el cómo de mis situaciones. Y no es que crea que
tengo la vida más entretenida ni que a las personas les interesa mucho qué me
pasa, es que me molesta la insistencia en las preguntas que ya he respondido en
algún momento.
En estas últimas semanas los fantasmas de esas personas que
uno creía conocer han rondado por mi cabeza y me han cerrado la posibilidad de
ver más allá, de conocer, oler, mirar, incluso de acariciar, pero es que eso es
lo que hacen los recuerdos; para eso se vive y por más que uno desee eliminar
ello, allí permanece, intacto, alterando el sueño, la voz, la vida misma. Sin
embargo uno intenta crear nuevos recuerdos que opaquen eso, hasta que se vuelve
una lucha constante entre el pasado y el presente. Da igual, se vive así.
Replantear, replantar, remover, reciclar. Comprimirse,
contenerse, conservarse.
Nada más por hoy.