domingo, 22 de junio de 2014

De nuevo

La insistencia y la voluntad, nada más que eso.  Dos cosas tan opuestas pero al mismo tiempo tan cercanas. Preguntas con respuestas pero respuestas que nunca satisfacen a quien busca soluciones. Soluciones que ni siquiera remedian aspectos de su vida personal sino que simplemente son situaciones puestas en una mesa como tema de conversación, para poder hacer el rato ameno, para poder emitir juicios sobre actuaciones que están fuera de la esfera de posibilidades que dicha persona pueda llegar a contemplar, igual es para distraerse en el momento y para no tener que hablar de los profundos temores. Es que al ver poco, sentir poco, decir poco, se convierte en una necesidad escuchar y resolver  lo ajeno. 

Dejar de escribir para poder ver las cosas desde otra perspectiva, una muy vacía por cierto, pero al final muy necesaria. Volver a escribir con cierto tono rencoroso pero al mismo tiempo amigable con las letras.

Puede que esté haciendo frío, puede que el ambiente esté cálido, da igual. Empiezo este relato con las conversaciones en un espacio social, con los juicios y las palabras sin sentido. Veo zancudos rondar la habitación y llega a mi mente el recuerdo de aquel día de viaje. Un viaje corto con música que arma una escena perfecta. El sol sobre sus cejas y mi vista en el retrovisor. Las montañas como mantas llenas de retazos y mi mente con un vacío que no he podido llenar y que sinceramente creo que faltan años para llenar. Empiezo este relato pero no lo espero terminar.

La sorpresa. La noticia contada. El espacio que ahora queda para mí, reservado solo para mí, y yo como siempre con lo mismo que decir. Ese recital que ya cansa a todas las personas pero que al mismo tiempo no se cansan de preguntar ni el por qué ni el cómo de mis situaciones. Y no es que crea que tengo la vida más entretenida ni que a las personas les interesa mucho qué me pasa, es que me molesta la insistencia en las preguntas que ya he respondido en algún momento.

En estas últimas semanas los fantasmas de esas personas que uno creía conocer han rondado por mi cabeza y me han cerrado la posibilidad de ver más allá, de conocer, oler, mirar, incluso de acariciar, pero es que eso es lo que hacen los recuerdos; para eso se vive y por más que uno desee eliminar ello, allí permanece, intacto, alterando el sueño, la voz, la vida misma. Sin embargo uno intenta crear nuevos recuerdos que opaquen eso, hasta que se vuelve una lucha constante entre el pasado y el presente. Da igual, se vive así.


Replantear, replantar, remover, reciclar. Comprimirse, contenerse, conservarse. 
Nada más por hoy. 

sábado, 23 de febrero de 2013

Para no volver


Estoy viejo y entre mis arrugas no hay historia escondida. Dejé de vivir viviendo sentado, esperando que una brisa me eleve lejos de mi pasado y presente, que no me enseñe el futuro, que me deje en el limbo.

Cafés, mujeres y guitarras. En eso se basó mi juventud. La timidez estuvo en mí y por ella dejé oportunidades reducidas en miradas; pero al final ya no importa, porque el arrepentimiento lo único que logra es cansancio mental y por lo tanto un envejecimiento temprano.

Estoy en una mecedora como un típico anciano. Miro mis manos y encuentro mis caminos de sangre, hinchados y azules; también miro las pecas que aparecieron por lo años y siento el calor de las otras manos y recuerdo todo lo que hice con ellas. Nunca fui bueno para las artes, tampoco para mentir, ni para imaginar. Lo mío siempre han sido los defectos, repararlos y seguir como si nada. Teléfonos, cajas, máquinas, techos, recuerdos y así, porque siempre he creído que la reparación lo único que hace es suprimir aquel momento donde se cree que todo está perdido y realmente para mí ver la cara de esperanza en las otras personas es algo que me llena el alma por cinco segundos. Recibo el objeto, pregunto su historia y me encargo de hacer que las personas queden satisfechas con lo que el instrumento significa en su memoria.

Tengo solo un recuerdo que quiero que permanezca vivo en mi memoria, fue la primera vez que comí mangostinos,  hace unos  58 años, cuando era un pequeño de 8 años que solo pensaba en los balones y cuando pasaba el tren. Ese día me llevaron del pueblo a la ciudad a una reunión con el abuelo, era en la casa del tío Alberto, allí me encontré con su hijo Marcelo, que me llevaba un año de diferencia y que suficientes dolores de cabeza le causaba a mis tíos con sus locuras.

El día que llegué a la casa, Marcelo me esperaba en el comedor con un pedazo de pastel de zanahoria y un vaso de leche helada; claro, no era idea de él, mi tía lo hizo sentarse allí para asegurarse que no estuviera afuera jugando (en ese entonces los niños podían salir a la calle porque bastantes problemas e hijos tenían los padres de esa época, por tanto sus inseguridades quedaban en ellos mismos).  Me acuerdo de su sonrisa de misterio y también de lo que traía entre manos, había robado del cajón de mi tío dos monedas para ir a comprar dulces.

Torta, pellizco en los cachetes, perfume dulce y olor a pollo cocido en la cocina, esos son los segmentos de mi recuerdo, luego, la voz de Marcelo diciéndome que me iba a invitar a comer el mejor bizcocho de frutas, el que quedaba en la falda que nos llevaba a la estación del tren.

Pues bien, salimos de la casa corriendo, jugando al bandido y al policía; por supuesto que yo era el policía, era la visita y me tocaba hacer el papel más aburrido, así es el mandato de los niños. Corríamos por toda la calle del barrio e inventábamos mil maneras para hacer dinámica la persecución, tumbamos las frutas de la tienda y despertamos a dos vagabundos, también sacamos a dos ancianas del andén. Finalmente llegamos a la falda a comprar los bizcochos y empezamos a correr más rápido hasta que Marcelo frenó de una manera tan inesperada que me hizo tropezar con mis pies y caer.  Había quedado paralizado porque vio a lo lejos al abuelo subir con sus maletas. En ese instante la cara de Marcelo se transformó en una sonrisa y salió corriendo a recibirle el equipaje, diferente a mí, que no entendía qué pasaba hasta que lo vi, con su sombrero y saco, riendo de mi caída. Sacudí con mis manos las rodillas y salí corriendo hacia él a abrazarlo y sentir sus palmadas en mi cabeza. Hasta ese momento duraron las ganas de bizcocho, ya íbamos con el abuelo.

Llegamos a la casa y allí nos esperaban con el almuerzo. Comimos tan rápido como pudimos y esperamos a que el abuelo sacara la libreta de sus dibujos para que empezara a dibujarnos. Recuerdo que el dibujo de ese día fue Marcelo como un camello y yo como un loro; convirtió nuestros defectos en animales.

Pasadas dos horas, las ganas de jugar aumentaron, así que salimos de nuevo a la calle con el balón azul de Marcelo. Era un día verdaderamente lindo, parecía uno de mis pequeños dibujos, estaba despejado y el sol calentaba levemente, como pinchazos pequeños en los brazos, pero cada veinte minutos llegaba a nosotros una brisa que me parecía mágica porque hacía que mis ojos se cerraran para sentirla propia, para que calmara esas púas que el sol me mandaba, para que completara mi respiro y filtrara mi pequeño ser, para olvidar los pocos problemas.

El abuelo salió a buscarnos y emprendimos el recorrido hacia la estación del tren. Las señoras lo saludaban y él con una sonrisa de picardía les devolvía su amabilidad. Recuerdo la gran presencia que tenía y la autoridad que imponía, cosa que ahora no tengo por completo, soy un viejo en un balcón del mismo pueblo, soy quien arregla los desechos de recuerdos de las personas y también quien intenta dejar los propios en el rincón de la chatarra. No quiero hablar de mi odio al pasado, quiero continuar con la mejor y más alegre historia de mi vida, fue el día que me sentí completo, vivo, feliz, más satisfecho que el día que conocí a mi mujer. 

Íbamos caminando hacia la estación del tren, porque siempre que el abuelo estaba en la ciudad tenía que ver partir el tren de las 4:15 p.m, algo le recordaba que lo hacía llorar disimuladamente. Mientras caminábamos vimos a un señor con una carreta y en ella llevaba estos frutos, para mí eran manzanas podridas y me asusté cuando el abuelo le compró un paquete de estos, pensé que era para los cerdos de la hacienda.

Llegamos a la estación y Marcelo vio un gran árbol y decidió trepar a este, yo temeroso lo seguí. Mi abuelo rió, nos pasó a cada uno la fruta y se sentó a esperar el tren. Todavía no entiendo el tiempo por qué dejó de correr en ese momento; yo estaba allá arriba pensando cómo se vería mi mamá si le regalase el collar que vio en la tienda del viejo Samuel, tenía muchas ganas de tenerlo pero debía comprarme los zapatos para el colegio. En fin, cuando recibí la fruta no entendía para qué me la habían pasado, hasta que nos explicó que era para comer, tenía miedo de hacer cara de asco y que por ello me regañaran, así que lo mordí pensando que era una manzana y grité escupiendo pedazos morados por todo el árbol, de nuevo el abuelo se rió de mí y me mostró como comerlo, con ello por fin pude relajarme y empecé a sentir como el color de la tarde se mezclaba  con el humo del tren que ya prendía motores, era como un remolino que se llevaba todo ese día, dando vueltas, miles de vueltas. Introduje la primera frutilla a mi boca y pude sentir como mis glándulas salivales explotaban de la dicha que ese sabor traía, mi lengua bailaba, mi boca se sentía fuera de mí, con vida propia. Yo respiraba y sentía el sabor de ese día en mis pulmones, respiraba más y más se quedaba allí, no se iba, era dulce, morado, refrescante, era tranquilizador y alegre, el sabor me hablaba y yo sabía que esa voz jamás me haría olvidar esta primera vez, en un árbol esperando al abuelo a que fuera feliz viendo pasar el tren. Para mí era completamente inesperado que de esa bolita morada salieran tres pequeños frutos y que de allí explotara tal sabor.

Fue un día digno de recordar, todo conspiró para que a esta edad yo esté contando esta historia, la única historia de la que estoy orgulloso, porque muestra la felicidad pura, la inocencia de mi pobre niñez, donde una fruta logró hacerme sentir como único en el mundo, lejos de los juguetes que tanto añoré y de los abrazos de mi padre que nunca recibí. Fue amor, hogar, sencillez.

No quiero contar que pasó después porque sinceramente ahí paró mi recuerdo, lo quise dejar en ese momento de éxtasis para así poder pensar cada día desde que pasó eso en lo feliz y completa que fue mi niñez, que me hubiese encantado infectar de ese momento toda mi vida pero que por desgracia, no lo pude ni siquiera hacer con los recuerdos de los otros.

Sigo en el mismo pueblo porque renuncié a ir de nuevo a la ciudad, no quería sentir mi vida cada vez más miserable al volver, así que me encargué de hacerle la vida fácil siendo útil como reparador de cosas, de recuerdos, sin embargo quiero dejar claro que, dejé de comer mangostinos porque a mí no me reparaba el recuerdo sino que me destruía al hacerme ser consiente de aquello que vivía en ese momento. No quise volver jamás a ese día. Ahora cuento tranquilamente las veces que meso la silla y espero bajo un suspiro la muerte para que esa sensación de ese día quede eternamente aferrada en mi ser.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Padre


El jugo de naranja sobre su boca. Paseaba su lengua por sus labios y sentía la conexión del jugo con su saliva. Un sorbo más y otra vez la misma maniobra de la lengua. El ácido paralizaba la punta de la lengua y también el frío del metal de la silla paralizaba sus manos; estaba en un balcón, medio dormido, medio despierto, sintiendo la pulpa de la fruta bajar por su garganta y también la angustia porque hace poco había podido hablar.

Por primera vez, después de la noticia se sentía bien consigo mismo, sentía que al fin algo lo hacía sentir completo, y no trataba de una persona o mascota, iba más allá de eso y en definitiva era inexplicable aquel sentimiento; era plena satisfacción de sí mismo, por fin entendió las fallas que presentaba y se sintió bien.

Mientras veía como el sol se adueñaba de las hojas del árbol que daba al frente del balcón, pensaba en la caída de las hojas, en el viento contra la cara de ellas y en el momento de desolación que vivieron. También recuerda el día de la noticia como el peor de todos; sentía la sirena sonar, las cobijas pegadas a su cuerpo y la intoxicación adherida a sus pulmones. El desconcierto de la tarde-noche y el lugar del hecho como su refugio y salvación. Los gritos y el desespero estático, esa lucha entre el delgado hilo de la muerte y el respiro.

La noticia no se la daba nadie más que su conciencia, ésta le avisaba que pronto la desolación albergaría su mente y corazón, que caería en un silencio perpetuo y que perdería a sus seres amados como ellos perderían la cordura por intentar entender la verdadera versión del asunto, esa que yo como narradora no he podido saber aún y que lamentablemente este personaje no me ha permitido dejar conocer. Tómenlo como impulso de su razón, como milagro o simple razón del “destino”, pero después de recibir la noticia su ser se llenó de fuerza y se aferró a la vida que tantas alegrías y luchas le había propiciado.

Veía el cielo sin ninguna nube, cerraba sus ojos con mucha fuerza y suspiraba, conteniendo las lágrimas y su presente para poder afrontarlo. Recibía recuerdos vanos de esas dos semanas inconsciente; cuentas volando, monitores bailando y decoraciones para oficinas. Sentía las manos de su amada sobre su rostro hinchado y los besos de sus hijas sobre su frente.  Sonreía porque se sentía feliz de poder oír el sonido de los pájaros de nuevo y no el “bip” de las máquinas, porque la voz de ellas estaban de nuevo retumbando sus oídos y porque sus preocupaciones se fueron desvaneciendo.

Se sentía cansado. Cansado de tener que compartir habitación, de tener que aguantarse a un vecino hablador y de no poder dormir; cansado de comer esa comida de hospital, de tomar más de ocho pastas al día y de tener que estar caminando lentamente, de no poder verlas a todas reunidas y oyendo sus versiones, de tener que conformarse con las llamadas y sus hermanos, cansado de no estar en casa. Pero feliz porque la vida le dio una nueva oportunidad, porque podrá ver el progreso de sus amados, porque podrá sentir la tierra en sus manos, el café en su boca, el sol en su nariz, y el ahogo de los abrazos.

Terminó con el jugo y empezó a mover sus dedos rápidamente. Estaba ansioso porque hoy llegaría ella, la menor, porque sabía que al verla el aire entraría más rápido a sus pulmones, porque su corazón funcionaría de una mejor manera, eso sí, no quiere decir que con sus otras dos hijas no fuera así, pero como muy bien lo repetía a cada persona que lo visitaba: “la menor es la menor”.

Regresó a la habitación, caminando lentamente, entró al baño y se miró en el espejo. Hace poco se había visto por primera vez después del incidente, y esta vez la impresión no había disminuido. Estaba unos doce kilos menos y su cara solo era piel adherida a los huesos. Un par de palmadas a sus cachetes y una vista de abajo a arriba a su ropa ancha. No tuvo más remedio que dirigirse a su cama y acostarse de lado, mostrando fragilidad en todo su ser.

Hora de visitas y llegó su hermano y sobrino. Alegría y nada más que eso, abrazos y sonrisas, sin embargo su mente estaba en la llegada de su hija y todo lo que ellos le decían pasaban igual que las hojas cuando van cayendo, lentamente y desapercibidas.

Pero el momento al fin llegó. La puerta de la habitación estaba entreabierta. Sintió susurrar el sobrenombre que ella le tiene y pudo ver su silueta en el espacio que quedaba abierto. Ella entró corriendo a abrazarlo y él no tenía aire en su pecho para hablar. Las tiras de lágrimas calientes cayendo sobre las camisas de ambos; ella con una chaqueta amarilla y camisa de rayas azules y él con una camisa blanca que era su pura sencillez. Fue un abrazo eterno. Fueron lágrimas de amor y fue la fuerza de un reencuentro. Después del abrazo vinieron las miradas, esas incrédulas y llenas de armonía, miradas que solo son paz y cariño, que no necesitan palabras para completar el momento.

Tal parece que el “destino” entendió el cansancio de ese hombre en la habitación del hospital que ese mismo día le otorgó el doctor la orden de salida. Bajo una lluvia bastante fuerte salió acompañado de dos de sus hijas, su esposa y su yerno, iba camino a su casa, donde al fin podría empezar a vivir el reinicio de su vida.

Entró a su habitación, esa que había extrañado tanto y se recostó en su cama. Sintió unos pasos lentos llegar y un peso al lado suyo, era su hija menor, la cual puso su cabeza contra su pecho y empezó a llorar en silencio. A él no le quedó más remedio que abrazarla y escucharla hablar, sentir el calor de sus lágrimas amadas y pasar su delgada mano por su cabello, y darse cuenta que esta nueva oportunidad iba a ser diferente a su vida “pasada”, que el jugo de naranja y el olor de la mañana ya serían sus nuevas prioridades y que el calor de hogar sería el único que podrá lograr causarle sueño.

lunes, 20 de agosto de 2012

Juan Limón


Parado, sentado, tal vez caminando, no sé.

Cuento los botones de los abrigos que algún día quiero tener. Cuento las bocas besadas y las veces que mis dedos caminaron por ellas. Miro mi cielo, que no es más que cemento y pisadas desesperadas y recuerdo las veces que yo he ignorado, que me ha encantado ignorar y entonces siento su mirada perdida y mis no-ganas de afecto.

Vi un charco negro y me acordé de ella: la noche, y entonces pensé lo rico que sería echarle agua y verla como es de verdad, pero dije que era mejor seguir como si nada porque jamás me ha importado; es más, creo que no me ha importado nada más que yo.

Sacudo mis bolsillos para saber si aún queda el sabor de sus palabras, pero solo encuentro las mías, que son ácidas al principio pero que con el paso del tiempo empiezan a ser amargas, tanto, que termino siendo igual de ignorado y me sigue dando lo mismo.

Son piernas, nada más. Son personas, hasta ahí. Son besos, saliva y ya. Lo que no entiendo es el porqué de sus actitudes; es una cuestión demasiado compleja para mí, y entonces empiezo a odiar sus torpes movimientos, haciendo como si nada al actuar pero con el bombillo de su consciencia encendido y  todo esto para esperar ser vistos como desprevenidos.

Me encuentro mirando mis zapatos, pensando que tal vez llegará el día que alguien reciba todo mi cansancio y que junto a éste todos los suspiros, que como siempre he pensado, son el ventilador de mis ideas. Algo fundidas por cierto.

Pensar en la soledad, y ver eso como un estado nada más; sentir el sube y baja de las emociones en mi estómago, como el momento en el cual siento la misma sensación de susto y la contracción de mi abdomen cuando sueño despierto, cuando por lo menos sueño. Pensar que hay montañas de colores, que hay árboles de limones y sentir en mi boca la pesadez de mis palabras. Expulsarlas. Ver la cara de amargura. Seguir parado, caminando, no sé.

He querido hablar desde hace mucho tiempo de un tema que me inquieta, la lejanía. Pero para entrar a hablar de esto, o por lo menos de una considerable distancia hay que entrar a preguntarse el fundamento o lo que hace que tal kilometraje se vuelva peor; claro está, que para quienes están enamorados la distancia hace que su relación sufra de una distorsión que unas veces es deterioro, pues al hablar de un concepto tan material como la compañía o de un vehículo, se entra a profundidad en el tema de la posibilidad, la cual está ligada un 80% a un “nunca”.

Pero dejémonos de enamorados, que bastante los he odiado y que por suerte no he hecho parte de ese conjunto; me conservo intacto en ese tema y mi cabeza no se ha desprogramado debido a ese estado.

Estoy sentado porque soy un perezoso, pero además, porque la perspectiva que tengo desde acá me hace ver a las personas como otros seres, esos que son grandes y bobos;  porque hay que aceptarlo, la grandeza en la naturaleza no significa poder, más bien idiotez, como los leones y los elefantes. Por supuesto es más astuto el primero, él se come al ratón y al mismísimo elefante mientras que el otro no pisa el ratón sino que corre.

Sin embargo hay días perezosos como el de hoy, días que prefiero ser grande y bobo y hay días que prefiero no ser, destilarme en el agua o ser motas que vuelan en el viento. Que no tenga que pensar, ni ver, ni palpar;  que por fin encuentre una lejanía entre el ser y la materia, y precisamente de eso quería hablar: quiero ser solamente nada y estar en la boca de todos cuando ponen un ejemplo. Quiero ser distancia, polvo, ausencia de pensamiento, solo ser nada, existir siendo nada; dentro de un conjunto que las personas grandes no logran identificar por medio de sus sentidos, como la partícula de oxígeno incrustada en el impulso para hablar, ésta que no se puede sentir pero que se sabe que existe.

Ser el motivo de dichas o no, como lo es la distancia, romper corazones o llantos porque es cierto que las rupturas siempre son buenas (o algo hay que verle de bueno). Quiero ser la pequeña distancia entre un beso o ser enorme y larga como la timidez después de éste.

Quiero ser la separación compañera de la soledad, pero también la amiga de la intriga, la que está de los pies al suelo o la que es tan delgada entre la vida y la muerte. Sí, el tema de la distancia es cosa seria pero atractiva, como las miradas que son cercanas y bizcas o las lejanas y misteriosas.  Todo está compuesto de ella, como la que hay de letra a letra, la de mis manos en las suyas, del líquido a la garganta y así.

Es que en el momento de sentir, de ser con alguien más, todo se complica para mí, es por eso que prefiero ser la ayuda o la desgracia no el necesitado y el triste.Mantenerme alejado de las emociones e ignorar el afán de las personas por saciar los deseos emocionales. Tal vez puedo ser un árbol, el único conectado con la tierra, con lo real, con la historia y mi cosecha no puede ser otra que limones, los frutos destinados a la amargura de las palabras y a las profundas expresiones de desasosiego.

viernes, 1 de junio de 2012

Infarto

El tiempo dejó de importar, dejó de ser el límite de quienes corren, de los que dejan de lado su alma y solo se quejan por las acciones. Empezar por decir que tal vez la espera empeora todo y que los planes lo único que hacen es generar ilusiones nunca cumplidas, la no satisfacción, los sueños despiertos, el regalo jamás abierto.

Es una noche fría y húmeda donde veo los colores que se proyectan en la pared por la luz del televisor... A veces es roja, otras veces blanca, y la mayoría del tiempo azul. Mientras miro el techo transformado en cielo pienso en las caminatas con mi ceño fruncido y la música palpitando en mis oídos y luego en el licor y la cama; también en lo rico que es dormir después de haber bebido y en las palabras vueltas hipo.

Entonces me doy cuenta que no importa lo mucho que piense, ni las mil pequeñas preocupaciones. Amistades pasajeras y que en definitiva me afectan; miradas que empezaron a ser ciegas por motivos ajenos a mi; nuevas intrigas, de esas deliciosas que me hacen soñar despierta.

Ya la monotonía se adhirió a mi. Ya el desespero por lo mismo se secó junto a mis lágrimas, el hecho de tener como gran amiga a la soledad me está empezando a agradar y las miles de sonrisas que les tiro a los conocidos y a quienes estoy conociendo se volvieron los mejores acontecimientos. Me resigné a este cambio de paradigma y también a la idea de la distancia y de la actitud cálida.

Lo único que puedo decir es que allá afuera hay bichitos chocándose con los bombillos de las entradas de las casas y que el cielo rojizo con estrellas extintas me hace sentir dentro de un corazón que en pocos segundos sufrirá de un infarto.

jueves, 12 de abril de 2012

Hojas Secas

Antes que nada quisiera aclarar que, es un cuento viejo, mas o menos de finales del 2010  o principios del 2011, no recuerdo bien.


Sus pies pisaban fuerte las hojas secas y el sonido crujiente que producía eso le hacía agua la boca. Uno, dos, tres pasos y llegó al árbol dónde ella lo esperaba, le dio un beso que lo llevó al infinito. Juntó sus labios y los presionó con la misma fuerza que sus pies cuando pisan las hojas secas.
Una mirada profunda penetró los ojos de esa mujer, una mirada que la invadió de calor, de intimidación. Sin decir ninguna palabra él recostó su cabeza sobre las piernas de ella. Los dedos de la mujer se enredaban en el cabello negro y completaba la cabeza de él.


Las palabras sobraban y el silencio era el himno del día, sólo había caricias a él y besos imaginarios para ella. De repente una lágrima caliente bajó por la mejilla de la mujer y calló en la cabeza dormida del hombre; sólo bastó con una mirada hacia arriba y una sonrisa partida por abrazos efímeros para que las nubes conspiraran a favor de ellos y les regalara la mejor explosión blanca.


Pasaron las hormigas, pasó el viento, pasaron los perros con sus dueños  y pasó el día transformándose en ayer. La noche llegó y con ella la despedida; el frío reemplazó el peso de la cabeza en las piernas de ella y en sus labios sentía la ausencia de sus besos.


Una mirada más, un beso en el cuello y una última caricia a su mano le propició él. Dos lágrimas, una mordida en los labios de ella y un apretón de cuerpos fue lo que la mujer le dejó. Sin decir nada, ni parpadear, sus miradas se fueron alejando. Cortaron los caminos, borraron los recuerdos y destruyeron las ilusiones. Ambos caminaron pisando algo crujiente, algo que olvidaban, algo que ya no producía agua.
Llegó el olvido a ese día y le puso una melodía única. Se apoderó de la noche como las hojas secas lo hacen con los andenes, esas hojas que los árboles han olvidado.

sábado, 3 de marzo de 2012

Gatos con narices rosaditas

Empiezo escribiendo después de un día donde el agua caliente de la ducha se detuvo para no caer.

Escribo en un día donde me di cuenta que las palabras dichas ahora son dueñas del tiempo, donde las acciones pasajeras quedaron suspendidas en un recuerdo como un sueño despierto.

Siento en mi piel el sonido de las nubes grises. Llega a mi cama el olor de cada gotera con polvo y de pronto me doy la vuelta para solo mirar la pared; para perderme en ese blanco finito, para dibujar los rostros de las mañanas  y para empezar a pensar en algún color que logre saciar el desespero de estos días.

Mi respiración se vuelve cada vez más incontrolable; siento que va muy rápido y que disuelve pequeñas, pequeñísimas ilusiones. Aprieto mis manos y cierro fuertemente mis ojos con la idea de recibir calor.

Mientras estoy en esa posición sólo viene a mí el sonido del agua chocando contra mi cabeza, las tiras de agua caliente recorrer mi cuerpo y mis pies inmóviles, pegados en las baldosas frías, ardiendo del cansancio de la espera. Sube lentamente la incomodidad y me paro para caminar por el corredor de mi casa.

Mientras camino, pienso en la suerte que he tenido, la que quiero tener y la que me arrebataron; también pienso en cómo mis mayores deseos los cumplen las demás personas y en los que no dejé cumplir.

Ese “mientras” es eterno y se ha adherido a mi piel, así que, prefiero evitar tal tema para  poder seguir contemplando el polvo del piso, o los rayones hechos por los muebles.

Abro la ventana y saco mi cabeza para refrescarla de la basura del día y me detengo en las luces de la ciudad y pienso en los gatos de los techos, en su autonomía, en sus narices rosaditas y en sus patas suaves, también en las serenatas y en las botas tiradas; ¿hay un fin? No, no tengo siempre que pensar en cosas trascendentales, ni tampoco en las nuevas palabras complicadas para impresionar.  Entonces,  siento que llega a mí su mirada y la intriga me empieza a devorar, y me acuerdo de esas frases mudas y de esas historias que nos contamos en medio del cansancio y soy feliz con eso.

Bajo la mirada y solo encuentro gritos ajenos en el suelo, desespero y gatos con narices rosaditas escuchando toda la mierda que cae de las paredes. Bajo la mirada para así empezar a escuchar como son felices siendo ajenos de las narices rosaditas y preocupados por una espalda que ignora el presente.

Beso y acaricio la ventana y también consiento las luces de la ciudad, porque son inocentes, porque viven para ser felices en medio de la polución, los pitos y las parejas que gritan. 
Encuentro al fin ese punto de equilibrio y los colores que me preocupaban y las goteras calientes pasan al mundo de la ducha y ahora solo me preocupo por los gatos y sus narices rosaditas pendientes de un ratón mal acomodado, huyendo de los ladridos y pisadas, durmiendo bajo las luces y los basurerosy me pregunto por qué no hacen más que pasar por las piernas y ronronear.

Cierro los ojos y encuentro  respuestas de preguntas anteriores, que jamás me hice y entonces, me doy cuenta que lo que cae por las paredes no es más que pensamientos que dejaron de importarme.

Siento el viento llegar y también como mi piel se eriza porque trae consigo recuerdos de una vida pasajera, de un pasado que jamás fue y pienso en ese presente disuelto en veneno y en ese futuro que se encarga de desmentir esos sueños, pero me doy cuenta que perseguí mundos desde una cuchara, y acaricié muy pocas caras tratando de encontrar una que hablara y eliminara el humo de esa mañana y me es imposible aceptar esa corriente de viento, así que cierro la ventana y camino de nuevo hacia mi cama para empezar pensando en una historia que contar en el blanco finito, empezando por un gato con nariz rosadita.