sábado, 3 de marzo de 2012

Gatos con narices rosaditas

Empiezo escribiendo después de un día donde el agua caliente de la ducha se detuvo para no caer.

Escribo en un día donde me di cuenta que las palabras dichas ahora son dueñas del tiempo, donde las acciones pasajeras quedaron suspendidas en un recuerdo como un sueño despierto.

Siento en mi piel el sonido de las nubes grises. Llega a mi cama el olor de cada gotera con polvo y de pronto me doy la vuelta para solo mirar la pared; para perderme en ese blanco finito, para dibujar los rostros de las mañanas  y para empezar a pensar en algún color que logre saciar el desespero de estos días.

Mi respiración se vuelve cada vez más incontrolable; siento que va muy rápido y que disuelve pequeñas, pequeñísimas ilusiones. Aprieto mis manos y cierro fuertemente mis ojos con la idea de recibir calor.

Mientras estoy en esa posición sólo viene a mí el sonido del agua chocando contra mi cabeza, las tiras de agua caliente recorrer mi cuerpo y mis pies inmóviles, pegados en las baldosas frías, ardiendo del cansancio de la espera. Sube lentamente la incomodidad y me paro para caminar por el corredor de mi casa.

Mientras camino, pienso en la suerte que he tenido, la que quiero tener y la que me arrebataron; también pienso en cómo mis mayores deseos los cumplen las demás personas y en los que no dejé cumplir.

Ese “mientras” es eterno y se ha adherido a mi piel, así que, prefiero evitar tal tema para  poder seguir contemplando el polvo del piso, o los rayones hechos por los muebles.

Abro la ventana y saco mi cabeza para refrescarla de la basura del día y me detengo en las luces de la ciudad y pienso en los gatos de los techos, en su autonomía, en sus narices rosaditas y en sus patas suaves, también en las serenatas y en las botas tiradas; ¿hay un fin? No, no tengo siempre que pensar en cosas trascendentales, ni tampoco en las nuevas palabras complicadas para impresionar.  Entonces,  siento que llega a mí su mirada y la intriga me empieza a devorar, y me acuerdo de esas frases mudas y de esas historias que nos contamos en medio del cansancio y soy feliz con eso.

Bajo la mirada y solo encuentro gritos ajenos en el suelo, desespero y gatos con narices rosaditas escuchando toda la mierda que cae de las paredes. Bajo la mirada para así empezar a escuchar como son felices siendo ajenos de las narices rosaditas y preocupados por una espalda que ignora el presente.

Beso y acaricio la ventana y también consiento las luces de la ciudad, porque son inocentes, porque viven para ser felices en medio de la polución, los pitos y las parejas que gritan. 
Encuentro al fin ese punto de equilibrio y los colores que me preocupaban y las goteras calientes pasan al mundo de la ducha y ahora solo me preocupo por los gatos y sus narices rosaditas pendientes de un ratón mal acomodado, huyendo de los ladridos y pisadas, durmiendo bajo las luces y los basurerosy me pregunto por qué no hacen más que pasar por las piernas y ronronear.

Cierro los ojos y encuentro  respuestas de preguntas anteriores, que jamás me hice y entonces, me doy cuenta que lo que cae por las paredes no es más que pensamientos que dejaron de importarme.

Siento el viento llegar y también como mi piel se eriza porque trae consigo recuerdos de una vida pasajera, de un pasado que jamás fue y pienso en ese presente disuelto en veneno y en ese futuro que se encarga de desmentir esos sueños, pero me doy cuenta que perseguí mundos desde una cuchara, y acaricié muy pocas caras tratando de encontrar una que hablara y eliminara el humo de esa mañana y me es imposible aceptar esa corriente de viento, así que cierro la ventana y camino de nuevo hacia mi cama para empezar pensando en una historia que contar en el blanco finito, empezando por un gato con nariz rosadita.