miércoles, 28 de noviembre de 2012

Padre


El jugo de naranja sobre su boca. Paseaba su lengua por sus labios y sentía la conexión del jugo con su saliva. Un sorbo más y otra vez la misma maniobra de la lengua. El ácido paralizaba la punta de la lengua y también el frío del metal de la silla paralizaba sus manos; estaba en un balcón, medio dormido, medio despierto, sintiendo la pulpa de la fruta bajar por su garganta y también la angustia porque hace poco había podido hablar.

Por primera vez, después de la noticia se sentía bien consigo mismo, sentía que al fin algo lo hacía sentir completo, y no trataba de una persona o mascota, iba más allá de eso y en definitiva era inexplicable aquel sentimiento; era plena satisfacción de sí mismo, por fin entendió las fallas que presentaba y se sintió bien.

Mientras veía como el sol se adueñaba de las hojas del árbol que daba al frente del balcón, pensaba en la caída de las hojas, en el viento contra la cara de ellas y en el momento de desolación que vivieron. También recuerda el día de la noticia como el peor de todos; sentía la sirena sonar, las cobijas pegadas a su cuerpo y la intoxicación adherida a sus pulmones. El desconcierto de la tarde-noche y el lugar del hecho como su refugio y salvación. Los gritos y el desespero estático, esa lucha entre el delgado hilo de la muerte y el respiro.

La noticia no se la daba nadie más que su conciencia, ésta le avisaba que pronto la desolación albergaría su mente y corazón, que caería en un silencio perpetuo y que perdería a sus seres amados como ellos perderían la cordura por intentar entender la verdadera versión del asunto, esa que yo como narradora no he podido saber aún y que lamentablemente este personaje no me ha permitido dejar conocer. Tómenlo como impulso de su razón, como milagro o simple razón del “destino”, pero después de recibir la noticia su ser se llenó de fuerza y se aferró a la vida que tantas alegrías y luchas le había propiciado.

Veía el cielo sin ninguna nube, cerraba sus ojos con mucha fuerza y suspiraba, conteniendo las lágrimas y su presente para poder afrontarlo. Recibía recuerdos vanos de esas dos semanas inconsciente; cuentas volando, monitores bailando y decoraciones para oficinas. Sentía las manos de su amada sobre su rostro hinchado y los besos de sus hijas sobre su frente.  Sonreía porque se sentía feliz de poder oír el sonido de los pájaros de nuevo y no el “bip” de las máquinas, porque la voz de ellas estaban de nuevo retumbando sus oídos y porque sus preocupaciones se fueron desvaneciendo.

Se sentía cansado. Cansado de tener que compartir habitación, de tener que aguantarse a un vecino hablador y de no poder dormir; cansado de comer esa comida de hospital, de tomar más de ocho pastas al día y de tener que estar caminando lentamente, de no poder verlas a todas reunidas y oyendo sus versiones, de tener que conformarse con las llamadas y sus hermanos, cansado de no estar en casa. Pero feliz porque la vida le dio una nueva oportunidad, porque podrá ver el progreso de sus amados, porque podrá sentir la tierra en sus manos, el café en su boca, el sol en su nariz, y el ahogo de los abrazos.

Terminó con el jugo y empezó a mover sus dedos rápidamente. Estaba ansioso porque hoy llegaría ella, la menor, porque sabía que al verla el aire entraría más rápido a sus pulmones, porque su corazón funcionaría de una mejor manera, eso sí, no quiere decir que con sus otras dos hijas no fuera así, pero como muy bien lo repetía a cada persona que lo visitaba: “la menor es la menor”.

Regresó a la habitación, caminando lentamente, entró al baño y se miró en el espejo. Hace poco se había visto por primera vez después del incidente, y esta vez la impresión no había disminuido. Estaba unos doce kilos menos y su cara solo era piel adherida a los huesos. Un par de palmadas a sus cachetes y una vista de abajo a arriba a su ropa ancha. No tuvo más remedio que dirigirse a su cama y acostarse de lado, mostrando fragilidad en todo su ser.

Hora de visitas y llegó su hermano y sobrino. Alegría y nada más que eso, abrazos y sonrisas, sin embargo su mente estaba en la llegada de su hija y todo lo que ellos le decían pasaban igual que las hojas cuando van cayendo, lentamente y desapercibidas.

Pero el momento al fin llegó. La puerta de la habitación estaba entreabierta. Sintió susurrar el sobrenombre que ella le tiene y pudo ver su silueta en el espacio que quedaba abierto. Ella entró corriendo a abrazarlo y él no tenía aire en su pecho para hablar. Las tiras de lágrimas calientes cayendo sobre las camisas de ambos; ella con una chaqueta amarilla y camisa de rayas azules y él con una camisa blanca que era su pura sencillez. Fue un abrazo eterno. Fueron lágrimas de amor y fue la fuerza de un reencuentro. Después del abrazo vinieron las miradas, esas incrédulas y llenas de armonía, miradas que solo son paz y cariño, que no necesitan palabras para completar el momento.

Tal parece que el “destino” entendió el cansancio de ese hombre en la habitación del hospital que ese mismo día le otorgó el doctor la orden de salida. Bajo una lluvia bastante fuerte salió acompañado de dos de sus hijas, su esposa y su yerno, iba camino a su casa, donde al fin podría empezar a vivir el reinicio de su vida.

Entró a su habitación, esa que había extrañado tanto y se recostó en su cama. Sintió unos pasos lentos llegar y un peso al lado suyo, era su hija menor, la cual puso su cabeza contra su pecho y empezó a llorar en silencio. A él no le quedó más remedio que abrazarla y escucharla hablar, sentir el calor de sus lágrimas amadas y pasar su delgada mano por su cabello, y darse cuenta que esta nueva oportunidad iba a ser diferente a su vida “pasada”, que el jugo de naranja y el olor de la mañana ya serían sus nuevas prioridades y que el calor de hogar sería el único que podrá lograr causarle sueño.

lunes, 20 de agosto de 2012

Juan Limón


Parado, sentado, tal vez caminando, no sé.

Cuento los botones de los abrigos que algún día quiero tener. Cuento las bocas besadas y las veces que mis dedos caminaron por ellas. Miro mi cielo, que no es más que cemento y pisadas desesperadas y recuerdo las veces que yo he ignorado, que me ha encantado ignorar y entonces siento su mirada perdida y mis no-ganas de afecto.

Vi un charco negro y me acordé de ella: la noche, y entonces pensé lo rico que sería echarle agua y verla como es de verdad, pero dije que era mejor seguir como si nada porque jamás me ha importado; es más, creo que no me ha importado nada más que yo.

Sacudo mis bolsillos para saber si aún queda el sabor de sus palabras, pero solo encuentro las mías, que son ácidas al principio pero que con el paso del tiempo empiezan a ser amargas, tanto, que termino siendo igual de ignorado y me sigue dando lo mismo.

Son piernas, nada más. Son personas, hasta ahí. Son besos, saliva y ya. Lo que no entiendo es el porqué de sus actitudes; es una cuestión demasiado compleja para mí, y entonces empiezo a odiar sus torpes movimientos, haciendo como si nada al actuar pero con el bombillo de su consciencia encendido y  todo esto para esperar ser vistos como desprevenidos.

Me encuentro mirando mis zapatos, pensando que tal vez llegará el día que alguien reciba todo mi cansancio y que junto a éste todos los suspiros, que como siempre he pensado, son el ventilador de mis ideas. Algo fundidas por cierto.

Pensar en la soledad, y ver eso como un estado nada más; sentir el sube y baja de las emociones en mi estómago, como el momento en el cual siento la misma sensación de susto y la contracción de mi abdomen cuando sueño despierto, cuando por lo menos sueño. Pensar que hay montañas de colores, que hay árboles de limones y sentir en mi boca la pesadez de mis palabras. Expulsarlas. Ver la cara de amargura. Seguir parado, caminando, no sé.

He querido hablar desde hace mucho tiempo de un tema que me inquieta, la lejanía. Pero para entrar a hablar de esto, o por lo menos de una considerable distancia hay que entrar a preguntarse el fundamento o lo que hace que tal kilometraje se vuelva peor; claro está, que para quienes están enamorados la distancia hace que su relación sufra de una distorsión que unas veces es deterioro, pues al hablar de un concepto tan material como la compañía o de un vehículo, se entra a profundidad en el tema de la posibilidad, la cual está ligada un 80% a un “nunca”.

Pero dejémonos de enamorados, que bastante los he odiado y que por suerte no he hecho parte de ese conjunto; me conservo intacto en ese tema y mi cabeza no se ha desprogramado debido a ese estado.

Estoy sentado porque soy un perezoso, pero además, porque la perspectiva que tengo desde acá me hace ver a las personas como otros seres, esos que son grandes y bobos;  porque hay que aceptarlo, la grandeza en la naturaleza no significa poder, más bien idiotez, como los leones y los elefantes. Por supuesto es más astuto el primero, él se come al ratón y al mismísimo elefante mientras que el otro no pisa el ratón sino que corre.

Sin embargo hay días perezosos como el de hoy, días que prefiero ser grande y bobo y hay días que prefiero no ser, destilarme en el agua o ser motas que vuelan en el viento. Que no tenga que pensar, ni ver, ni palpar;  que por fin encuentre una lejanía entre el ser y la materia, y precisamente de eso quería hablar: quiero ser solamente nada y estar en la boca de todos cuando ponen un ejemplo. Quiero ser distancia, polvo, ausencia de pensamiento, solo ser nada, existir siendo nada; dentro de un conjunto que las personas grandes no logran identificar por medio de sus sentidos, como la partícula de oxígeno incrustada en el impulso para hablar, ésta que no se puede sentir pero que se sabe que existe.

Ser el motivo de dichas o no, como lo es la distancia, romper corazones o llantos porque es cierto que las rupturas siempre son buenas (o algo hay que verle de bueno). Quiero ser la pequeña distancia entre un beso o ser enorme y larga como la timidez después de éste.

Quiero ser la separación compañera de la soledad, pero también la amiga de la intriga, la que está de los pies al suelo o la que es tan delgada entre la vida y la muerte. Sí, el tema de la distancia es cosa seria pero atractiva, como las miradas que son cercanas y bizcas o las lejanas y misteriosas.  Todo está compuesto de ella, como la que hay de letra a letra, la de mis manos en las suyas, del líquido a la garganta y así.

Es que en el momento de sentir, de ser con alguien más, todo se complica para mí, es por eso que prefiero ser la ayuda o la desgracia no el necesitado y el triste.Mantenerme alejado de las emociones e ignorar el afán de las personas por saciar los deseos emocionales. Tal vez puedo ser un árbol, el único conectado con la tierra, con lo real, con la historia y mi cosecha no puede ser otra que limones, los frutos destinados a la amargura de las palabras y a las profundas expresiones de desasosiego.

viernes, 1 de junio de 2012

Infarto

El tiempo dejó de importar, dejó de ser el límite de quienes corren, de los que dejan de lado su alma y solo se quejan por las acciones. Empezar por decir que tal vez la espera empeora todo y que los planes lo único que hacen es generar ilusiones nunca cumplidas, la no satisfacción, los sueños despiertos, el regalo jamás abierto.

Es una noche fría y húmeda donde veo los colores que se proyectan en la pared por la luz del televisor... A veces es roja, otras veces blanca, y la mayoría del tiempo azul. Mientras miro el techo transformado en cielo pienso en las caminatas con mi ceño fruncido y la música palpitando en mis oídos y luego en el licor y la cama; también en lo rico que es dormir después de haber bebido y en las palabras vueltas hipo.

Entonces me doy cuenta que no importa lo mucho que piense, ni las mil pequeñas preocupaciones. Amistades pasajeras y que en definitiva me afectan; miradas que empezaron a ser ciegas por motivos ajenos a mi; nuevas intrigas, de esas deliciosas que me hacen soñar despierta.

Ya la monotonía se adhirió a mi. Ya el desespero por lo mismo se secó junto a mis lágrimas, el hecho de tener como gran amiga a la soledad me está empezando a agradar y las miles de sonrisas que les tiro a los conocidos y a quienes estoy conociendo se volvieron los mejores acontecimientos. Me resigné a este cambio de paradigma y también a la idea de la distancia y de la actitud cálida.

Lo único que puedo decir es que allá afuera hay bichitos chocándose con los bombillos de las entradas de las casas y que el cielo rojizo con estrellas extintas me hace sentir dentro de un corazón que en pocos segundos sufrirá de un infarto.

jueves, 12 de abril de 2012

Hojas Secas

Antes que nada quisiera aclarar que, es un cuento viejo, mas o menos de finales del 2010  o principios del 2011, no recuerdo bien.


Sus pies pisaban fuerte las hojas secas y el sonido crujiente que producía eso le hacía agua la boca. Uno, dos, tres pasos y llegó al árbol dónde ella lo esperaba, le dio un beso que lo llevó al infinito. Juntó sus labios y los presionó con la misma fuerza que sus pies cuando pisan las hojas secas.
Una mirada profunda penetró los ojos de esa mujer, una mirada que la invadió de calor, de intimidación. Sin decir ninguna palabra él recostó su cabeza sobre las piernas de ella. Los dedos de la mujer se enredaban en el cabello negro y completaba la cabeza de él.


Las palabras sobraban y el silencio era el himno del día, sólo había caricias a él y besos imaginarios para ella. De repente una lágrima caliente bajó por la mejilla de la mujer y calló en la cabeza dormida del hombre; sólo bastó con una mirada hacia arriba y una sonrisa partida por abrazos efímeros para que las nubes conspiraran a favor de ellos y les regalara la mejor explosión blanca.


Pasaron las hormigas, pasó el viento, pasaron los perros con sus dueños  y pasó el día transformándose en ayer. La noche llegó y con ella la despedida; el frío reemplazó el peso de la cabeza en las piernas de ella y en sus labios sentía la ausencia de sus besos.


Una mirada más, un beso en el cuello y una última caricia a su mano le propició él. Dos lágrimas, una mordida en los labios de ella y un apretón de cuerpos fue lo que la mujer le dejó. Sin decir nada, ni parpadear, sus miradas se fueron alejando. Cortaron los caminos, borraron los recuerdos y destruyeron las ilusiones. Ambos caminaron pisando algo crujiente, algo que olvidaban, algo que ya no producía agua.
Llegó el olvido a ese día y le puso una melodía única. Se apoderó de la noche como las hojas secas lo hacen con los andenes, esas hojas que los árboles han olvidado.

sábado, 3 de marzo de 2012

Gatos con narices rosaditas

Empiezo escribiendo después de un día donde el agua caliente de la ducha se detuvo para no caer.

Escribo en un día donde me di cuenta que las palabras dichas ahora son dueñas del tiempo, donde las acciones pasajeras quedaron suspendidas en un recuerdo como un sueño despierto.

Siento en mi piel el sonido de las nubes grises. Llega a mi cama el olor de cada gotera con polvo y de pronto me doy la vuelta para solo mirar la pared; para perderme en ese blanco finito, para dibujar los rostros de las mañanas  y para empezar a pensar en algún color que logre saciar el desespero de estos días.

Mi respiración se vuelve cada vez más incontrolable; siento que va muy rápido y que disuelve pequeñas, pequeñísimas ilusiones. Aprieto mis manos y cierro fuertemente mis ojos con la idea de recibir calor.

Mientras estoy en esa posición sólo viene a mí el sonido del agua chocando contra mi cabeza, las tiras de agua caliente recorrer mi cuerpo y mis pies inmóviles, pegados en las baldosas frías, ardiendo del cansancio de la espera. Sube lentamente la incomodidad y me paro para caminar por el corredor de mi casa.

Mientras camino, pienso en la suerte que he tenido, la que quiero tener y la que me arrebataron; también pienso en cómo mis mayores deseos los cumplen las demás personas y en los que no dejé cumplir.

Ese “mientras” es eterno y se ha adherido a mi piel, así que, prefiero evitar tal tema para  poder seguir contemplando el polvo del piso, o los rayones hechos por los muebles.

Abro la ventana y saco mi cabeza para refrescarla de la basura del día y me detengo en las luces de la ciudad y pienso en los gatos de los techos, en su autonomía, en sus narices rosaditas y en sus patas suaves, también en las serenatas y en las botas tiradas; ¿hay un fin? No, no tengo siempre que pensar en cosas trascendentales, ni tampoco en las nuevas palabras complicadas para impresionar.  Entonces,  siento que llega a mí su mirada y la intriga me empieza a devorar, y me acuerdo de esas frases mudas y de esas historias que nos contamos en medio del cansancio y soy feliz con eso.

Bajo la mirada y solo encuentro gritos ajenos en el suelo, desespero y gatos con narices rosaditas escuchando toda la mierda que cae de las paredes. Bajo la mirada para así empezar a escuchar como son felices siendo ajenos de las narices rosaditas y preocupados por una espalda que ignora el presente.

Beso y acaricio la ventana y también consiento las luces de la ciudad, porque son inocentes, porque viven para ser felices en medio de la polución, los pitos y las parejas que gritan. 
Encuentro al fin ese punto de equilibrio y los colores que me preocupaban y las goteras calientes pasan al mundo de la ducha y ahora solo me preocupo por los gatos y sus narices rosaditas pendientes de un ratón mal acomodado, huyendo de los ladridos y pisadas, durmiendo bajo las luces y los basurerosy me pregunto por qué no hacen más que pasar por las piernas y ronronear.

Cierro los ojos y encuentro  respuestas de preguntas anteriores, que jamás me hice y entonces, me doy cuenta que lo que cae por las paredes no es más que pensamientos que dejaron de importarme.

Siento el viento llegar y también como mi piel se eriza porque trae consigo recuerdos de una vida pasajera, de un pasado que jamás fue y pienso en ese presente disuelto en veneno y en ese futuro que se encarga de desmentir esos sueños, pero me doy cuenta que perseguí mundos desde una cuchara, y acaricié muy pocas caras tratando de encontrar una que hablara y eliminara el humo de esa mañana y me es imposible aceptar esa corriente de viento, así que cierro la ventana y camino de nuevo hacia mi cama para empezar pensando en una historia que contar en el blanco finito, empezando por un gato con nariz rosadita.

sábado, 28 de enero de 2012

La banca

Hay una banca y en ella un hombre que no hace más que jugar con sus dedos por el desespero porque recuerda que allí mismo la conoció, cruzó sus primeras palabras y la perdió; en medio de la grosería de una calle despejada de transeúntes, del olor de gritos de rabia y de conejos saltando en la mente de ella.

Como si fuera ayer, el lugar sigue igual; más vacío pero igual. Es el último día de un comienzo, es la última vez que se ven las mismas caras y que se aleja una que espera, sin nombre ni alma en el espejo.


Recuerda su vestido de rayitas amarillas, sus medias color nada (se supone que eran piel), sus zapatos mal amarrados y el pequeño bolso donde guardaba cantos, colores, carros, cartones, calzones… Sí, era una mujer que por cada bolso que tenía guardaba cosas con la misma inicial del color del bolso. Por supuesto, era café.


Un intento de sonrisa se asomaba en la cara de Miguel pues, fue ella quien por varios meses le enseñó que no sólo se necesitaba de un cohete para conocer mundos; que con sólo tocarla y hacerla parte suya llegaba a un misterioso mundo, al universo de esa callada mujer, que escondía más pesares que actos y que cada día su nombre cambiaba.


Miguel nunca pudo saber su verdadero nombre ya que, si se encontraban en la mañana se llamaba Soledad, pero prefería que le dijeran Sol; Si se veían a las tres de la tarde su nombre era Mariana; a las cinco y cinco de la tarde prefería llamarse Esmeralda, y así, por cada hora, por el clima o por su estado de ánimo su nombre cambiaba, salvo en la noche. A partir de las ocho se llamaba Simona, como aquel pez que tuvo de niña.


Él mira esa banca con la ilusión de verla de nuevo allí sentada, contando cuantas personas pasaban; nunca menos de treinta. Aunque el día que pasaron treinta y dos ella no hizo más que gritar de la alegría porque por fin su récord se había roto; en ese momento su nombre pasó a ser Luna y con una invitación de cerveza muy espumosa y chicles, se llevó a Miguel a recorrer un universo, donde allí no era más que María.


Miguel no pensaba en otra cosa que no fuera ella. Si dormía, si despertaba, si tomaba una ducha o incluso, si comía una galleta, y así se pasaba todo el día. Trabajaba, tomaba café y caminaba hasta la banca, viendo como cambiaba esa calle y las personas que allí pasaban, la aparición de la clínica de estética y las miles de mujeres que pasaban con ansías de ser jóvenes de nuevo con grandes  proporciones, y se llegaba a su cabeza el recuerdo de sus téticas sobre su cara, como dos almohadones bajo una tarde de lluvia.


Un día en la banca, estando con ella, tuvo un impulso: besarla, pero no obtuvo la misma respuesta, como si hubiese sido el demonio y sus labios fueran de azufre, Mariana salió corriendo y tirando de su bolso lila, lápices, luces, ladrones, lágrimas, libros, al suelo.


Tardó mucho tiempo en lograr que ella volviera a la banca. Tal mujer prefería contar las personas desde la papelería de en frente, y mirar a Miguel con cierta ira incontrolable, que acercársele. Cuando al fin se aproximó, ella le explicó con total indiferencia de lo pasado, que tal acción implicaba una atadura y que era mejor ir a su ritmo pues, jamás le gustó el de los hombres.


La banca le había traído a él grandes momentos y una gran persona en medio de la lluvia. Con el agua en la cara y las goteras cayendo de su abrigo, ella lo invitó a sentarse, y sin presentarse le dijo que la lluvia solo demuestra un motivo más para sentirse acompañada, que son las goteras quienes hablan con ella para quitarle el miedo a la soledad, para tragársela en una hora, cinco, toda la noche, en una fiesta donde no hay más que un movimiento constante, donde ni siquiera hay ojos a la espera de un juicio.



Dicho esto, Abril (porque así se llamaba cada vez que llovía), extendió su mano hacia la cabeza de él y con una caricia le dijo que lo esperaba todos los días en ese lugar, que allí contarían las personas, los pensamientos, las bocas riéndose, o las narices a punto de estornudar; treinta bocas, treinta cuerpos, treinta miradas y así, porque para ella no había nada más perfecto que el cuerpo humano, y era un espectáculo ver como el alma hacía que se expresaran y caminaran.


Una noche, a las doce, cuando la treintava persona pasó, Simona se acercó a Miguel y con un beso lleno de presión y pasión, se despidió, argumentando que, tenía un gran viaje, uno muy esperado, pero que tal vez no lo volvería a ver, porque para ese entonces, ya habría llegado una persona a la vida de él.


Atónito, Miguel no dijo ni una sola palabra pero, siguió visitando la banca, contando las treinta personas y tomando cerveza muy espumosa. Compró un perro, recibió un ascenso en el trabajo, empezó a fumar, y hasta el pelo se dejó crecer; hasta que un día decidió abandonar la banca, su recuerdo y la cerveza muy espumosa.


Empezó a caminar hacia los bares más baratos, a conocer mujeres que lo dejarían no siendo persona y ya ni la ropa le importaba cambiarse, pero un día en medio del licor, las putas y el labial barato, pasó por aquella calle y vio allí a Simona vestida como la primera vez, con candela, cigarrillos, cerveza espumosa, chicles y copitos. Corriendo, se acercó a ella y observó que lloraba de manera desconsolada; la preocupación salió de él y con un simple ¿cómo estás? 
Simona se transformó en una máquina de gritos.


No fue suficiente abrazarla para lograr que se calmara y en medio del llanto y la noche, los puños de Simona contra el pecho de Miguel se fueron haciendo más fuertes y con éstos, la voz quebrada de ella diciendo que ya no pasaba más personas, que ahora no era más que una calle llena de personas no-personas y que al ver vacía su vía, no le quedaba más remedio que acabarla, acabarse. Miguel no respondió a sus palabras, sacó un cigarrillo de su bolsillo y esperó que se tranquilizara para que lo besara y se fueran de viaje, pero nada fue así. Acabada la rabieta y la calle, Simona desapareció gritando que ya no podía ver más, que las personas se extinguieron, que sus almas se habían quedado fuera de sus cuerpos y que debía buscarlas en una calle paralela.


Miguel no la detuvo. Se quedó en la banca esperando que amaneciera, fumando y pensando cuál habrá sido su nombre real.