viernes, 23 de septiembre de 2011

Señor Cara de gato



Sí, sí, hola Señor Cara de gato.

Mientras me comía el queso que le robé a Inés, me preguntaba cuál era el motivo de  tu indiferencia y tus alegrías espontáneas, pero la verdad, todavía no he podido encontrar argumentos para darle solución a este problema, que me trasnocha cada vez que estoy soñando con millones de quesos y cucarrones.

Ayer te vi Señor Cara de gato, y lo único que hiciste fue limpiarte la cara con tus patitas negras  y echar un enorme bostezo que olía a pescado, a leche, a pelo, a autonomía, porque algo que de verdad me impresiona Señor Cara de gato, es lo independiente y conchudo que llegas a ser.

Mis enormes y frías orejas  se alegraron al oírte, mis bigotes y mi diminuta nariz extrañaba ese olor de tu boca y mis pequeños y negros ojos saltaron de la emoción al verte pero baaah como siempre tú, gordo y peludo Señor Cara de gato seguiste caminando hasta el sillón de Luis.

En realidad Luis, nunca me ha agradado, pues siempre que intento ir por calor al sillón, no hace sino gritar “¡Inés, Inés, una cosa peluda y horrible está debajo del sillón!”, creo que es más grosero que tú Señor Cara de gato, además me dan miedo sus cachetes, pues, aparte de ser peludos  son morados, y tienes que entender Señor Cara de gato que gracias a mi tamaño, todo lo veo con un aumento mayor que tú, por lo tanto, sus cachetes los veo como dos manzanas gordas.

Ayer mientras  enterrabas tus uñas en el sillón de Luis y te estirabas traté de hacerte la visita, pero mientras subía ese enorme sillón, tú ya te habías echado a dormir, así que decidí   ir a la cocina (para ser más exacto al frutero  rojo que tiene Inés  al lado de la nevera), a visitar al viejo Mariano, el gusano que vive en las guayabas que trae Luis del patio, pero fue imposible hablar con él, porque el pobre se está volviendo sordo y fuera de eso, está perdiendo su memoria debido a la vejez, así que decidí mejor irme a mi casa.

Esta mañana pude oler la leche caliente que Inés hervía pues, acababa de pasar el lechero y Luis siempre le pedía el favor a ella de hervir la leche pues tenía serios problemas con la higiene. Yo todavía no entiendo para qué procesan tanto las cosas, yo siempre he comido todo tal cual como lo encuentro, eso sí, los cucarrones prefiero acompañarlos con un poco de azúcar y leche.

El punto Señor Cara de gato, es que te vi esta mañana y me saludaste y comentaste acerca del sueño que tuviste, fuera de eso me invitaste a tomar leche de tu plato y yo feliz acepté, pues, aparte del hambre que me visitaba esa mañana deseaba compartir tiempo contigo Señor Cara de gato, (porque siempre he creído que para nosotros, los ratones, no hay nada mejor que un amigo gato, pues nos puede contar los secretos que hay tras la alacena) pero de nuevo preferiste ignorarme por completo y emprender tu camino hacía el sillón de Luis, así que no me quedó más remedio que seguirte hasta allí. Te empecé a hablar pero tú no respondías nada de lo que yo decía, ni los insultos, ni los chistes, ni los chismes, sólo te limitabas a caminar y a mover suavemente tu cola.

Cuando menos pensé, me agarraste con tu pata y me mandaste para la boca.

Llevo dos horas Señor Cara de gato en tu estómago y todavía me pregunto cuál será el motivo de tu indiferencia y tus alegrías espontáneas.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Tango roto

Antes que nada voy a aclarar que la imagen es creación de Javier Siqueiros, lo pueden encontrar en twitter como @  y además se pueden deleitar y emocionar con su galería en Flickr: http://www.flickr.com/photos/48164498@N03/sets/ y con sus escritos en  




Chocaron emociones y sensaciones, ideas, odios, cuerpos. De todos modos de nada sirve tener que contar tal suceso pues, todo se fue al vacío, al olvido, a ese terreno desolado en mi mente, a esa habitación donde todos guardamos recuerdos bajo llave y preferimos tragarla para que nadie abra esa puerta y saque los monstruos viejos.


Mejor continúo. Ya crucé la calle 24, ya hablé con el señor de la librería, ya me rasqué la nariz y ya me comí una menta.

El sol de hoy es precioso, lo acepto, pero me doy cuenta que es un sol que derrite todas las ganas de volver, que devora cruelmente mis lágrimas y además que me hace sonreír con obligación...¿qué digo? si ni siquiera he sido feliz este último mes, ¿acaso quiero aparentar alegría? ¿será que mi alma quiere salir a aplastar ese sol? o ¿mi cuerpo estará cansado de mi corazón frío y oscuro?

No sé que pasa con mi cabeza y la noche, y mis manos y la noche, y mis ojos y la noche,y la noche y la noche, la amada, melancólica y maldita noche. Todo esto se conecta con ella para dar una tormenta de tristeza a mi almohada. Mi estómago se comprime al ver que se acerca tal sentimiento y los sollozos son siempre la música de fondo. Paro. 

Mi recorrido debe continuar pues no le debo dar trascendencia a eso...bueno, eso me dijo Antonio.  

Decido salir a hablar con tantas miradas y acompañar los alientos de las personas que están a la espera de noticias.

Un carro azul, una banca, un cajón de dulces, 10, 45, 87 pasos más y entro al edificio, sonrío, y subo.

Son ocho pisos, de no ser un día como el de hoy utilizaría el ascensor, me encontraría a la mujer de labios vino tinto del piso cuatro, a la pareja gay del piso seis y a la viejecita que prepara té de manzanilla sin manzanilla del mismo piso.

Mientras subo los escalones recuerdo el juego de no pisar las líneas y empiezo a jugar. Esta sí, esta no, tres escalones, siete escalones, doce escalones y pienso en mi partida, en la ida y en la llegada, de repente un impulso me hace correr desesperadamente. Salgo del edificio y sigo corriendo bajo ese sol, cruzo la calle, llega un bus, no miro hacia donde se dirige y me subo.

La ventana, siempre la ventana. Me gusta mirar hacia arriba cuando voy en un carro, la combinación del azul del cielo y del verde de las hojas de los árboles me produce un placer en la boca, es un beso a la tarde. Semáforo, Paro. 

Sigo rodando en la avenida, cantando canciones, sus canciones, y encandilándome cada vez que miro al cielo. Observo un parque y tres cuadras después decido bajar del bus y caminar hacia allá. 

Observo un árbol viejo y doy pasos cortos para llegar a él. Paro. Me recuesto sobre su tallo. Me siento.

La tierra me pesa, el sol quema levemente mi piel, y su mirada todavía permanece en mi memoria. Es mayo, pero parece octubre; digo eso porque ese mes trajo consigo momentos efímeros, que ya los perdí. Los tangos permanecen en mi día a día y el calor de sus abrazos ausentes me despiertan cada mañana.

El pasto está mojado, mis labios rajados por el olvido y una palabra permanece colgada de este árbol, aquel que me acoge con sus grandes y viejas raíces que tienen más historia que agua.


Una melodía la trae el viento y sutilmente llega a mis oídos y se desliza por mis manos, siento un calor dormido, un calor vivo, un calor perdido. Cierro los ojos y dejo que esa brisa acaricie mi cara, me hace recordar los días a su lado. Paro.

Recuerdo su tumba y los tangos rotos, recuerdo su voz susurrando tales canciones y presionando sus labios en mi hombro. 

Corre una lágrima de nuevo, ésta con un sabor más dulce que las de la noche, de todos modos ya está anocheciendo, ya está muriendo mi tarde, su tarde, más bien nuestra tarde pues, su recuerdo sigue vivo en mi memoria. 

Regreso a mi casa, uso el ascensor, piso 8. Abro la puerta, dejo mi chaqueta en el sillón, preparo café, me miro al espejo y no encuentro reflejo, me siento en el balcón y mi taza tararea una canción, su tango roto.