martes, 16 de agosto de 2011

Tres

Tal vez es de mañana, tal vez la jirafa se haya encogido un poco hoy, tal vez el cielo esté rojo y la luna siga afuera, tal vez las sonrisas se están expandiendo poco a poco en caras de extraños, tal vez la soledad se está terminando de acercar con timidez.


Todo es grande y pequeño, las ranuras de los andenes albergan sangre y olvido, maldad y besos, monedas y licor, promesas y telas. Yo en cambio albergo el frío, pedazos de oraciones sin sentido, de sol derretido, de pretensiones e ilusiones.


Está el 3, número 3. 3 lunas, 3 calvas lunas llenándome de verdades que no quiero que se conviertan en pulseras , en monedas, en gatos, en número 3; de ser así tal vez quede más ahogada en amargura, tal vez quede como un camino lleno de pasto seco o de pronto como una carta no entregada, sin destinatario.


Aveces es posible pensar en un rostro no conocido, amarlo y besarlo.  Adorar tal imagen y al final ni siquiera abrir los ojos para darse cuenta que todo era manchas de colores, que una vez más estoy hablándole al frío de la noche, que el rojo de ese día quedó en mi labios nada más.


Vuelve a mi el 3, y una luz que grita nombres, y pasan millones de imágenes y de nuevo me paso las manos por mi cara y aprieto fuertemente mis mejillas y lloro y suspiro y hablo y pienso y muero lentamente junto al olvido y la sal.


No quiero café, ni vino, ni agua, ni lluvia, tampoco quiero palabras, ni canela, sólo quiero llegar lentamente a mi cama y entrar en un sueño profundo, despertar y encontrar muerto el 3, agarrarlo con mis manos y botarlo al inodoro, tirar de la cadena y con ella tirar esas falsas memorias, mis expectativas, el frío y el pasto.




lunes, 15 de agosto de 2011

El Bosque

Pues este fue el primer cuento que decidí publicar y se me ocurrió subirlo a este blog porque hoy en mi viaje pasé por un bosque que me recordó tal cuento...



Entra al callejón de la 126, busca las llaves en su bolsillo, abre la puerta, deja sus cosas a un lado y se dirige hacia la biblioteca, encuentra un buen libro, lo deja en la mesita de noche y va por un buen vino.


Después de arreglar su cama, se sienta en ella, abre el libro y encuentra escrito en una de sus páginas:
“Entra a un bosque, y en éste solo hay gritos, olores fuertes y sangre, hay sufrimiento y dolor, Juan camina y sigue caminando hasta que se cae, y le es imposible levantarse, un dolor muy fuerte lo invade, examina su cuerpo y se da cuenta que su pierna no está, grita, huele, y ve la sangre, sufre y está adolorido. Juan hace parte ya, de la decoración del lugar, mira a su alrededor y lo que se suponían que eran arboles ahora son personas igual que él. Juan ya no puede hacer nada, ya es una parte de este bosque.


Mientras tanto, el dueño del bosque se encuentra en su cálida oficina, con sus obedientes secretarias y su noble asistente. Don Ramiro, como lo conocen en el pueblo, se encuentra pensando e ingeniando la manera de hacer  un bosque compañero a éste, pero no le encuentra ni forma ni textura. Él recuerda que el bosque pasado ya estaba cuando llegó al poder, y también recuerda que la única manera de hacer otro bosque es preguntándole al dueño pasado cómo fue la construcción del bosque #1, pero lamentablemente para don Ramiro el señor murió.


Entra una chiquilla con su muñeca al bosque, canta y baila la pequeña, hasta que siente que algo la arrastra, le coge fuerte su pequeña manito y no la suelta, ella grita en todo el recorrido hasta que por fin para y siente que no se puede mover, examina su cuerpo y se da cuenta que su mano falta, siente de repente un dolor insoportable. La niña se da cuenta que le brotan raíces de sus pies, y de su cabeza salen un millón de ramas, ella intenta gritar pero su boca ha sido sellada, intenta llorar pero sus ojos se han secado, ya no es una niña, ya es un árbol más.


Don Ramiro duerme, en su cómoda cama, en un colchón que lo hunde hacia otro mundo, unas sábanas que son su ropa y una almohada que es su mente, pero algo despierta a este señor, un recuerdo fuerte, don Ramiro mira a su mujer dormida al lado, junto a ella hay una energía que le pide que lo abrace y bese, una energía incomprensible pero don Ramiro vuelve a dormir...”


El personaje cierra el libro, termina su suave vino y se duerme.


Al día siguiente, le cuesta mucho trabajo despertarse, empieza por su suave y no muy agradable boca, luego por sus pegajosos ojos y por ultimo por sus tiesas extremidades. Se para de su cama, se prepara un café y se baña. Escoge una camisa verde con rayas blancas, una tela fresca para el nuevo día, un blue jean y unas cómodas zapatillas. No se peina, simplemente se toma su café ya listo con un pequeño trozo de pan y sale al pequeño pueblo.


Camina sin parar, cruza sus mugrosas calles, compra en una tiendita el periódico del día y se sienta en una cómoda banca a leer. Todo le parece igual: muertes, robos, corrupción, partidos ganados y perdidos, moda, ente otras cosas.


Se detiene por un momento en la página de clasificados y mira un anuncio que se le hace muy familiar éste dice:


“ MADERAS DEL NORTE
Venta de madera de pino, roble y cedro
Informes: 358-965-51 preguntar por Ramiro Cruz”


Al ver esto el hombre queda muy intrigado, lleva su mano hasta su bolsillo lleno de lanas y revisa si tiene monedas, efectivamente tiene lo justo para un autobús y le sobran unas pocas.


Cierra el periódico, se para de la banca, lo dobla dos veces y lo agarra muy bien, camina tres metros y deposita sus monedas sobrantes en un teléfono de servicio público, marca el número que encontró en el periódico y espera pacientemente. Finalmente la voz de una dulce mujer le dice:


-       Muy buenas tardes, se ha comunicado con Maderas del norte, ¿en qué le puedo servir?


 Éste muy asombrado pregunta por el señor Ramiro Cruz, lo comunican y después de unas vagas palabras programan una cita, que se llevará a cabo en una hora.


Se dirige hacia el punto de venta de Maderas del norte, se encuentra con Ramiro Cruz y lo conducen hacia un lugar donde le mostrarán la mercancía.


Entra a un bosque, y en éste solo hay gritos, olores fuertes y sangre, hay sufrimiento y dolor. Juan ya no puede hacer nada, ya es una parte de este bosque.

viernes, 5 de agosto de 2011

Nota encontrada en el sótano

Se supone que hay que hablar con la verdad, siempre la verdad, por eso escribo esto, porque quiero comentarles que, situaciones han revuelto mi estómago últimamente y el recuerdo de ellas lo siguen haciendo y sigo cayendo en la misma conclusión, no se me despega ni de mi mente ni de mi estómago, ni de mis ojos, ni de mi boca, porque todo se me desarma al pensar en ello, un temblor entra en mí, me agarra, me abraza, me sacude y me es imposible soltarme, un temblor que empieza con suspiros, sigue con lágrimas y termina con gritos, gritos de mi alma, de mi verdadero ser, gritos de mis ojos, gritos de mis oídos, gritos de mi cerebro, y diría que de mi corazón pero hasta donde sé el corazón no grita.

 Todavía recuerdo su blanco y serio rostro, también recuerdo al cuchillo que pasó, me saludó y se instaló en su pecho, recuerdo ver su boca abriéndose y pidiéndome ayuda,  recuerdo de igual manera lo divertido que me pareció, porque en realidad lo fue.

Si señoritas, maté a mi propia conciencia.

Nunca creí que fuera a ser así, siempre imaginé que ella era un grillo verde que vivía en la mitad de mi cerebro, pero me di cuenta que era asiática el día que maté a la locura pues ella salió con un botiquín que consiguió la vez que maté a la imaginación.

En este momento estoy escondida en el sótano de la casa verde de la calle 65, temo que la patrulla de la cordura venga por mí, pues la vecina Marta habló acerca de los asesinatos cometidos. Aunque el lugar no es muy agradable, es muy cómodo. Como pan y leche que la dueña de la casa me pasa. Mis mejores amigas son las ratas y mis enemigas las pulgas, pero trato de sobrevivir acá.

Les escribo esto a ustedes, mis difuntas amigas, porque he cometido un gran error y mis lamentos es la música que escucho diario. Acabo de darme cuenta que el problema no eran ustedes si no la razón, ésta se ha apoderado de mi cuerpo y de mi mente y me hace actuar de una manera que no acostumbraba.

No me queda más que decirles un “hasta luego” pues, no puedo escribir más porque presiento que esta vez no es un temblor si no un huracán el que quiere entrar.

Abril 14 de 1972