miércoles, 22 de diciembre de 2010

El olor del pasto mojado me trae gratos recuerdos de mi infancia. Me hace acordar las vacaciones en la finca y el frío que me daba a las nueve de la mañana, cuando apenas me despertaba.

Salir descalza a la hierba mojada y acordarme de lo fastidioso que me parecía me produce risa, porque yo era (creo que todavía pero no mucho) una persona escrupulosa y sentir la tierra entre mis dedos me producía cierto asco, así que prefería usar zapatos y continuar con mis actividades. Bueno, el punto es que el olor del pasto me hace acordar mucho esa época, cuando me sentaba a jugar, a visitar amigos, y a seres nunca antes vistos y me olvidaba por un momento de todas las personas que estaban a mi alrededor.

Tres pelos despeinados, palabras nuevas y una pijama de florecitas me acompañaban en las pequeñas aventuras debajo de los árboles de mandarina. Su sabor se me enreda todavía en la lengua y me transporta a ese pasto húmedo, a las rodillas llenas de tierra, a la compañía de los perros y a ese sol único.

Recuerdo la pastelería de barro que hacía junto con mis primos en vacaciones, pasteles deformes pero a mi vista exquisitos, llenos de polvo de risa, de inocencia, de olvido, si, al final del día se quedaban afuera esperando que se secaran pero al amanecer, cuando llegaba el sol y le daba fin a mi sueño, empezaba con una nueva historia, tal vez la recolección de flores, o la ida al lago con un vacito desechable para llenarlo de renacuajos, o con una lata en la noche para recoger el cucarrón más lindo y suave.

Escribo esto porque diciembre me trae el olor del pasto mojado, el misterio del niño dios, y la tristeza al ver el carro lleno de maletas listo para despedir esas vacaciones y llegar a la misma rutina en la ciudad.

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