Es una noche fría y húmeda donde veo los colores que se proyectan en la pared por la luz del televisor... A veces es roja, otras veces blanca, y la mayoría del tiempo azul. Mientras miro el techo transformado en cielo pienso en las caminatas con mi ceño fruncido y la música palpitando en mis oídos y luego en el licor y la cama; también en lo rico que es dormir después de haber bebido y en las palabras vueltas hipo.
Entonces me doy cuenta que no importa lo mucho que piense, ni las mil pequeñas preocupaciones. Amistades pasajeras y que en definitiva me afectan; miradas que empezaron a ser ciegas por motivos ajenos a mi; nuevas intrigas, de esas deliciosas que me hacen soñar despierta.
Ya la monotonía se adhirió a mi. Ya el desespero por lo mismo se secó junto a mis lágrimas, el hecho de tener como gran amiga a la soledad me está empezando a agradar y las miles de sonrisas que les tiro a los conocidos y a quienes estoy conociendo se volvieron los mejores acontecimientos. Me resigné a este cambio de paradigma y también a la idea de la distancia y de la actitud cálida.
Lo único que puedo decir es que allá afuera hay bichitos chocándose con los bombillos de las entradas de las casas y que el cielo rojizo con estrellas extintas me hace sentir dentro de un corazón que en pocos segundos sufrirá de un infarto.
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