El jugo de naranja sobre su boca. Paseaba su lengua por sus
labios y sentía la conexión del jugo con su saliva. Un sorbo más y otra vez la
misma maniobra de la lengua. El ácido paralizaba la punta de la lengua y
también el frío del metal de la silla paralizaba sus manos; estaba en un
balcón, medio dormido, medio despierto, sintiendo la pulpa de la fruta bajar
por su garganta y también la angustia porque hace poco había podido hablar.
Por primera vez, después de la noticia se sentía bien
consigo mismo, sentía que al fin algo lo hacía sentir completo, y no trataba de
una persona o mascota, iba más allá de eso y en definitiva era inexplicable
aquel sentimiento; era plena satisfacción de sí mismo, por fin entendió las
fallas que presentaba y se sintió bien.
Mientras veía como el sol se adueñaba de las hojas del árbol
que daba al frente del balcón, pensaba en la caída de las hojas, en el viento
contra la cara de ellas y en el momento de desolación que vivieron. También
recuerda el día de la noticia como el peor de todos; sentía la sirena sonar,
las cobijas pegadas a su cuerpo y la intoxicación adherida a sus pulmones. El
desconcierto de la tarde-noche y el lugar del hecho como su refugio y
salvación. Los gritos y el desespero estático, esa lucha entre el delgado hilo
de la muerte y el respiro.
La noticia no se la daba nadie más que su conciencia, ésta
le avisaba que pronto la desolación albergaría su mente y corazón, que caería
en un silencio perpetuo y que perdería a sus seres amados como ellos perderían
la cordura por intentar entender la verdadera versión del asunto, esa que yo
como narradora no he podido saber aún y que lamentablemente este personaje no
me ha permitido dejar conocer. Tómenlo como impulso de su razón, como milagro o
simple razón del “destino”, pero después de recibir la noticia su ser se llenó
de fuerza y se aferró a la vida que tantas alegrías y luchas le había
propiciado.
Veía el cielo sin ninguna nube, cerraba sus ojos con mucha
fuerza y suspiraba, conteniendo las lágrimas y su presente para poder
afrontarlo. Recibía recuerdos vanos de esas dos semanas inconsciente; cuentas
volando, monitores bailando y decoraciones para oficinas. Sentía las manos de
su amada sobre su rostro hinchado y los besos de sus hijas sobre su
frente. Sonreía porque se sentía feliz
de poder oír el sonido de los pájaros de nuevo y no el “bip” de las máquinas,
porque la voz de ellas estaban de nuevo retumbando sus oídos y porque sus
preocupaciones se fueron desvaneciendo.
Se sentía cansado. Cansado de tener que compartir habitación, de tener que
aguantarse a un vecino hablador y de no poder dormir; cansado de comer esa
comida de hospital, de tomar más de ocho pastas al día y de tener que estar
caminando lentamente, de no poder verlas a todas reunidas y oyendo sus
versiones, de tener que conformarse con las llamadas y sus hermanos, cansado de
no estar en casa. Pero feliz porque la vida le dio una nueva oportunidad,
porque podrá ver el progreso de sus amados, porque podrá sentir la tierra en
sus manos, el café en su boca, el sol en su nariz, y el ahogo de los abrazos.
Terminó con el jugo y empezó a mover sus dedos rápidamente.
Estaba ansioso porque hoy llegaría ella, la menor, porque sabía que al verla el
aire entraría más rápido a sus pulmones, porque su corazón funcionaría de una
mejor manera, eso sí, no quiere decir que con sus otras dos hijas no fuera así,
pero como muy bien lo repetía a cada persona que lo visitaba: “la menor es la
menor”.
Regresó a la habitación, caminando lentamente, entró al baño
y se miró en el espejo. Hace poco se había visto por primera vez después del
incidente, y esta vez la impresión no había disminuido. Estaba unos doce kilos
menos y su cara solo era piel adherida a los huesos. Un par de palmadas a sus
cachetes y una vista de abajo a arriba a su ropa ancha. No tuvo más remedio que
dirigirse a su cama y acostarse de lado, mostrando fragilidad en todo su ser.
Hora de visitas y llegó su hermano y sobrino. Alegría y nada
más que eso, abrazos y sonrisas, sin embargo su mente estaba en la llegada de
su hija y todo lo que ellos le decían pasaban igual que las hojas cuando van
cayendo, lentamente y desapercibidas.
Pero el momento al fin llegó. La puerta de la habitación
estaba entreabierta. Sintió susurrar el sobrenombre que ella le tiene y pudo
ver su silueta en el espacio que quedaba abierto. Ella entró corriendo a abrazarlo y él no tenía aire en su
pecho para hablar. Las tiras de lágrimas calientes cayendo sobre las camisas de
ambos; ella con una chaqueta amarilla y camisa de rayas azules y él con una
camisa blanca que era su pura sencillez. Fue un abrazo eterno. Fueron lágrimas
de amor y fue la fuerza de un reencuentro. Después del abrazo vinieron las
miradas, esas incrédulas y llenas de armonía, miradas que solo son paz y
cariño, que no necesitan palabras para completar el momento.


Tal parece que el “destino” entendió el cansancio de ese
hombre en la habitación del hospital que ese mismo día le otorgó el doctor la
orden de salida. Bajo una lluvia bastante fuerte salió acompañado de dos de sus
hijas, su esposa y su yerno, iba camino a su casa, donde al fin podría empezar
a vivir el reinicio de su vida.
Entró a su habitación, esa que había extrañado tanto y se
recostó en su cama. Sintió unos pasos lentos llegar y un peso al lado suyo, era
su hija menor, la cual puso su cabeza contra su pecho y empezó a llorar en
silencio. A él no le quedó más remedio que abrazarla y escucharla hablar,
sentir el calor de sus lágrimas amadas y pasar su delgada mano por su cabello, y
darse cuenta que esta nueva oportunidad iba a ser diferente a su vida “pasada”,
que el jugo de naranja y el olor de la mañana ya serían sus nuevas prioridades
y que el calor de hogar sería el único que podrá lograr causarle sueño.
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