Sonó el despertador pero no me dio la gana de levantarme, los ojos me pesaban y la boca estaba sellada a mi sueño. Sonó el despertador y mi habitación se derretía, las cobijas estaban soldadas a mi cuerpo y la almohada era mi cabeza.
Tan sólo pensar en tener que levantarme a ver la misma cara de esta ciudad, asomarme a la ventana y observar la misma silla vacía, el teléfono sin palabras, el café lleno de personajes invisibles y las mismas ideas caminando, me destruye, me desbarata y me vuelve pedacitos de nubes, que compiten contra el sol.
Se cumple el mismo ciclo, abrir, cerrar, mover, andar y las ideas se disuelven en el aire contaminado de pesares e imágenes, de falsedades, de espíritus vagos, sin sabores, ni formas, simplemente espíritus como los de un soñador en una esquina a la espera de esa verdad que no quiere escuchar.
Tener que caminar en ese mar de cemento, donde se consume al ser y lo deja del mismo color, donde todo lo rige piedras y una enorme ceja de verdad me aburre. ¿Por qué no quedarme durmiendo, soñando un poco que puedo volar? Porque sencillamente este lugar no está diseñado para andar en las estrellas comentando acerca de su reflejo en el mar. Seamos realistas, esto acá está creado para personas capaces de agrandarlo y darle más poder a la ceja.
Mi despertador sigue sonando, pero mis manos no responden, no quieren darle inicio al día. Café, agua, un pantalón y una camisa me esperan para lanzarme a ese vacío, dónde la cuerda se me romperá y tendré que caer fuertemente, como esas palabras que atraen y esas acciones que espantan.
Está bien dejaré la pereza para otro día, estoy lista para levantarme de esta tiesa cama e irme a capturar esas palabras enredadas en los árboles.
A la una, a las dos, a las tres… Esperen…

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