sábado, 23 de febrero de 2013

Para no volver


Estoy viejo y entre mis arrugas no hay historia escondida. Dejé de vivir viviendo sentado, esperando que una brisa me eleve lejos de mi pasado y presente, que no me enseñe el futuro, que me deje en el limbo.

Cafés, mujeres y guitarras. En eso se basó mi juventud. La timidez estuvo en mí y por ella dejé oportunidades reducidas en miradas; pero al final ya no importa, porque el arrepentimiento lo único que logra es cansancio mental y por lo tanto un envejecimiento temprano.

Estoy en una mecedora como un típico anciano. Miro mis manos y encuentro mis caminos de sangre, hinchados y azules; también miro las pecas que aparecieron por lo años y siento el calor de las otras manos y recuerdo todo lo que hice con ellas. Nunca fui bueno para las artes, tampoco para mentir, ni para imaginar. Lo mío siempre han sido los defectos, repararlos y seguir como si nada. Teléfonos, cajas, máquinas, techos, recuerdos y así, porque siempre he creído que la reparación lo único que hace es suprimir aquel momento donde se cree que todo está perdido y realmente para mí ver la cara de esperanza en las otras personas es algo que me llena el alma por cinco segundos. Recibo el objeto, pregunto su historia y me encargo de hacer que las personas queden satisfechas con lo que el instrumento significa en su memoria.

Tengo solo un recuerdo que quiero que permanezca vivo en mi memoria, fue la primera vez que comí mangostinos,  hace unos  58 años, cuando era un pequeño de 8 años que solo pensaba en los balones y cuando pasaba el tren. Ese día me llevaron del pueblo a la ciudad a una reunión con el abuelo, era en la casa del tío Alberto, allí me encontré con su hijo Marcelo, que me llevaba un año de diferencia y que suficientes dolores de cabeza le causaba a mis tíos con sus locuras.

El día que llegué a la casa, Marcelo me esperaba en el comedor con un pedazo de pastel de zanahoria y un vaso de leche helada; claro, no era idea de él, mi tía lo hizo sentarse allí para asegurarse que no estuviera afuera jugando (en ese entonces los niños podían salir a la calle porque bastantes problemas e hijos tenían los padres de esa época, por tanto sus inseguridades quedaban en ellos mismos).  Me acuerdo de su sonrisa de misterio y también de lo que traía entre manos, había robado del cajón de mi tío dos monedas para ir a comprar dulces.

Torta, pellizco en los cachetes, perfume dulce y olor a pollo cocido en la cocina, esos son los segmentos de mi recuerdo, luego, la voz de Marcelo diciéndome que me iba a invitar a comer el mejor bizcocho de frutas, el que quedaba en la falda que nos llevaba a la estación del tren.

Pues bien, salimos de la casa corriendo, jugando al bandido y al policía; por supuesto que yo era el policía, era la visita y me tocaba hacer el papel más aburrido, así es el mandato de los niños. Corríamos por toda la calle del barrio e inventábamos mil maneras para hacer dinámica la persecución, tumbamos las frutas de la tienda y despertamos a dos vagabundos, también sacamos a dos ancianas del andén. Finalmente llegamos a la falda a comprar los bizcochos y empezamos a correr más rápido hasta que Marcelo frenó de una manera tan inesperada que me hizo tropezar con mis pies y caer.  Había quedado paralizado porque vio a lo lejos al abuelo subir con sus maletas. En ese instante la cara de Marcelo se transformó en una sonrisa y salió corriendo a recibirle el equipaje, diferente a mí, que no entendía qué pasaba hasta que lo vi, con su sombrero y saco, riendo de mi caída. Sacudí con mis manos las rodillas y salí corriendo hacia él a abrazarlo y sentir sus palmadas en mi cabeza. Hasta ese momento duraron las ganas de bizcocho, ya íbamos con el abuelo.

Llegamos a la casa y allí nos esperaban con el almuerzo. Comimos tan rápido como pudimos y esperamos a que el abuelo sacara la libreta de sus dibujos para que empezara a dibujarnos. Recuerdo que el dibujo de ese día fue Marcelo como un camello y yo como un loro; convirtió nuestros defectos en animales.

Pasadas dos horas, las ganas de jugar aumentaron, así que salimos de nuevo a la calle con el balón azul de Marcelo. Era un día verdaderamente lindo, parecía uno de mis pequeños dibujos, estaba despejado y el sol calentaba levemente, como pinchazos pequeños en los brazos, pero cada veinte minutos llegaba a nosotros una brisa que me parecía mágica porque hacía que mis ojos se cerraran para sentirla propia, para que calmara esas púas que el sol me mandaba, para que completara mi respiro y filtrara mi pequeño ser, para olvidar los pocos problemas.

El abuelo salió a buscarnos y emprendimos el recorrido hacia la estación del tren. Las señoras lo saludaban y él con una sonrisa de picardía les devolvía su amabilidad. Recuerdo la gran presencia que tenía y la autoridad que imponía, cosa que ahora no tengo por completo, soy un viejo en un balcón del mismo pueblo, soy quien arregla los desechos de recuerdos de las personas y también quien intenta dejar los propios en el rincón de la chatarra. No quiero hablar de mi odio al pasado, quiero continuar con la mejor y más alegre historia de mi vida, fue el día que me sentí completo, vivo, feliz, más satisfecho que el día que conocí a mi mujer. 

Íbamos caminando hacia la estación del tren, porque siempre que el abuelo estaba en la ciudad tenía que ver partir el tren de las 4:15 p.m, algo le recordaba que lo hacía llorar disimuladamente. Mientras caminábamos vimos a un señor con una carreta y en ella llevaba estos frutos, para mí eran manzanas podridas y me asusté cuando el abuelo le compró un paquete de estos, pensé que era para los cerdos de la hacienda.

Llegamos a la estación y Marcelo vio un gran árbol y decidió trepar a este, yo temeroso lo seguí. Mi abuelo rió, nos pasó a cada uno la fruta y se sentó a esperar el tren. Todavía no entiendo el tiempo por qué dejó de correr en ese momento; yo estaba allá arriba pensando cómo se vería mi mamá si le regalase el collar que vio en la tienda del viejo Samuel, tenía muchas ganas de tenerlo pero debía comprarme los zapatos para el colegio. En fin, cuando recibí la fruta no entendía para qué me la habían pasado, hasta que nos explicó que era para comer, tenía miedo de hacer cara de asco y que por ello me regañaran, así que lo mordí pensando que era una manzana y grité escupiendo pedazos morados por todo el árbol, de nuevo el abuelo se rió de mí y me mostró como comerlo, con ello por fin pude relajarme y empecé a sentir como el color de la tarde se mezclaba  con el humo del tren que ya prendía motores, era como un remolino que se llevaba todo ese día, dando vueltas, miles de vueltas. Introduje la primera frutilla a mi boca y pude sentir como mis glándulas salivales explotaban de la dicha que ese sabor traía, mi lengua bailaba, mi boca se sentía fuera de mí, con vida propia. Yo respiraba y sentía el sabor de ese día en mis pulmones, respiraba más y más se quedaba allí, no se iba, era dulce, morado, refrescante, era tranquilizador y alegre, el sabor me hablaba y yo sabía que esa voz jamás me haría olvidar esta primera vez, en un árbol esperando al abuelo a que fuera feliz viendo pasar el tren. Para mí era completamente inesperado que de esa bolita morada salieran tres pequeños frutos y que de allí explotara tal sabor.

Fue un día digno de recordar, todo conspiró para que a esta edad yo esté contando esta historia, la única historia de la que estoy orgulloso, porque muestra la felicidad pura, la inocencia de mi pobre niñez, donde una fruta logró hacerme sentir como único en el mundo, lejos de los juguetes que tanto añoré y de los abrazos de mi padre que nunca recibí. Fue amor, hogar, sencillez.

No quiero contar que pasó después porque sinceramente ahí paró mi recuerdo, lo quise dejar en ese momento de éxtasis para así poder pensar cada día desde que pasó eso en lo feliz y completa que fue mi niñez, que me hubiese encantado infectar de ese momento toda mi vida pero que por desgracia, no lo pude ni siquiera hacer con los recuerdos de los otros.

Sigo en el mismo pueblo porque renuncié a ir de nuevo a la ciudad, no quería sentir mi vida cada vez más miserable al volver, así que me encargué de hacerle la vida fácil siendo útil como reparador de cosas, de recuerdos, sin embargo quiero dejar claro que, dejé de comer mangostinos porque a mí no me reparaba el recuerdo sino que me destruía al hacerme ser consiente de aquello que vivía en ese momento. No quise volver jamás a ese día. Ahora cuento tranquilamente las veces que meso la silla y espero bajo un suspiro la muerte para que esa sensación de ese día quede eternamente aferrada en mi ser.

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