miércoles, 9 de noviembre de 2011

Mambo cliché

Camino lejos de mi casa y busco en la basura trozos de carne. Mi nariz húmeda y mis orejas frías me dicen que la calle es mi amiga. Las pulgas muerden y succionan mis pensamientos vagabundos y lo único que se me ocurre es caminar.

Doy pasos fuertes y siento como se entierran las piedras en mis patas, camino oliendo la noche y saboreando el banquete de anoche. Llego a un paradero de bus y veo a las personas de pie, mirando su reloj, acomodando sus chaquetas, miro los charcos y carros. Pasa un bus y hace rebotar agua, moja mi pelo, se engrasa y endurece, mi mirada igual; perdida, blanca y negra. 

Me sacudo para olvidar mi hogar pues, hace mucho dejé de ser un perro fiel, "el mejor amigo del hombre". Miro hacia arriba y veo titilar el semáforo, la gente corre y sobre mí la melodía de los desaparecidos, de las miradas ciudadanas, de los olores a orín y cigarrillo, a gasolina y olvido.

Camino por el pasto en medio de un mar negro, lleno de luces y me acuerdo de mi nombre, Mambo, pero siempre quise ser un cliché y llamarme Bruno, también tener una familia y sacar la cabeza por la ventana del carro y ladrarle a los pájaros. 

Mi casa es debajo de un puente, mi dueño... mi dueño es el cielo. Le ladro a quienes me dan cariño y le gruño a quienes me buscan juego. Tengo cicatrices en mi rostro. Peleas por comida o señoritas porque... siempre somos muchos los que necesitamos de ellas porque no sólo vivo con el instinto, vivo con el hambre y la sarna. 

Estoy en un parque con árboles muy altos, alzo la pata aquí y allá, agacho mi cabeza y entierro mi trompa en el pasto frío y huelo risas y niños, también huelo rancio y a rata, maldad pero también horas y horas de espera. Me siento y rasco mis orejas, lo hago para distraerme, para aturdirme con mis movimientos, para no sentir a la soledad, para hacer música, compañía y placer. Cierro un poco mis ojos y me doy cuenta de lo viejo que estoy, del mundo que me ha tocado y de los miles de dueños sucios que he tenido, los mismos que me empacaban en un carro de madera y al otro día morían o de hambre o de tristeza o de sobredosis, de emoción negra.

No me gusta llamarme callejero, pero sé que tampoco soy limpio y quieto; le ladro a los carros, paso mi lengua por las carnicerías de la galería y miro a las putas como mis señoritas y siento sus perfumes y toco sus rodillas y volteo cuando gritan y gimen y lloran por su puta vida, sí, puta vida para las putas, porque jamás serán como yo, que vivo en función de comida y charcos, que arriesgo sólo mi vida cuando veo un carro y que no necesito dinero ni mucho menos perfume y mallas.

Me sacudo de nuevo y estiro mis cuatro patas y miro la única de color blanco; recuerdo su boca en ella y empiezo a no sentirla, a caminar sin ella.

Cruzo a la autopista y veo de lejos el puente y mis pupilas se dilatan, mi lengua se seca y mis ojos lloran cada vez que pienso en el puente. Sí, soy un perro, soy Mambo y no tengo un nombre cliché, además de eso lloro.

De nuevo el farol roto y los gatos, que por su puesto ya me cansé de perseguir. Las peleas hogareñas, el ladrón corriendo agitado, y yo en mi calle, que es igual al millón de imágenes y palabras que he visto y escuchado, misma comida, mismo pelo, misma nariz, mismas orejas caídas pero, no tengo un maldito nombre como cliché.

Piso el suelo baboso y siento el frío y olor a humo, veo a los hombres callejeros y me alejo, me pierdo entre tanta oscuridad que la noche otorga cerca a mi puente. Entre mi pérdida encuentro anhelos y pelotas que mordí, el cariño que ladré y las llantas que alguna vez me pisaron.

Camino lentamente, me agacho, más bien me acuesto, y empujo para llegar a mi caja. Tres vueltas (siempre hay que hacerlas) me siento, me acuesto y pongo mi trompa sobre mis patas y me rasco los ojos y apago mi luz blanca y negra. Sueño, duermo, siento,  y pienso que mi nombre no debería ser Mambo sino un cliché como Bruno.

2 comentarios:

  1. Qué bonito. Un retoque en la puntuación y se enmarca. Yo quería una gata llamada Pantera Mambo. (:

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