Ya han pasado dos horas y él todavía sigue en la estación esperando su llegada. Las nubes están de un color distinto, pero no porque atardece sino porque esa ausencia las apaga y las confunde con el color de la soledad. Un suspiro acompañó la espera y las miradas de los viajeros le advertía que ese día no se iba acabar. Las maletas se veían cansadas de rodar ese mundo, de escuchar los testimonios de los recuerdos y las sombras ya abordaban el próximo tren.
Estaba parado encima de una ilusión distorsionada y sobre un charco que mostraba un mundo al revés. La desesperación se apoderaba poco a poco de su cuerpo y el recuerdo de su figura lo dormía. Abría y cerraba sus ojos e intentaba concentrarse en la tarde pero su rostro paseaba junto al viento y se instalaba en su bostezo.
Sorprendido, esa era la sensación, sorpresa y nada más pero, ¿por qué sorprenderse si siempre es igual? Siempre espera palabras cálidas, historias nuevas, llamadas y juegos y como siempre ni la nostalgia se lo regala.
Cada viernes llega a la misma estación, se hace al lado del teléfono público y espera hasta que sus pestañas empiezan a caer, hasta que sus manos no pueden sudar más, hasta que el tiempo se cansa de derretirse.
Tiempo. No quedaba nada más que el tiempo y la espera, pero… ¿espera de qué? Si no ha sido la única que lo ha hecho.
Tiempo. No quedaba nada más que el tiempo y la espera, pero… ¿espera de qué? Si no ha sido la única que lo ha hecho.
Estaba cansado de sentir lo mismo pero sin sentir, estaba cansado de soñar paisajes donde él no hacía parte, cansado de recorrer historias donde nunca fue contado y sobre todo estaba exhausto de su vida, que no era más que mundos que él había impuesto, amores desdichados y palabras desvanecidas por su ingenuidad.
Él es un ladrillo, un tiquete, una foto, un color naranja mezclado con azul y blanco, una risa quebrada, un pedazo de mundo y nada más. Es una petición en una estación escondida entre el humo y el color amarillo. Una estación eterna, con miradas eternas y falsas ventas.
Sus manos se calientan en los bolsillos de esa chaqueta que antes era negra y que ahora parce café, azul, sola. Espera los brazos tibios que le cierran los ojos para poder volar un momento que no es un segundo sino una eternidad. Detalla cada una de las personas que pasan a su lado. Una con barba y calva, otra con un vestido largo y rojo, otra con su pareja, y mira fijamente ese teléfono y la tarde, esa maldita tarde de soledad.
El tic-toc del reloj de su muñeca lo aceleraba más, su corazón palpitaba rápidamente, el aire se le acababa y de la nada todo se volvía oscuridad. ¿Alguna ayuda? Alguien que haga algo por él. Tic-toc. Tic-toc. El reloj sigue funcionando y el cuerpo de ese hombre cae en el charco inundado de falsedad.
A lo lejos puede ver, detrás de todos esos rostros conocidos pero nuevos, su sombra, puede ver como baja con su elegancia y suavidad del tren, ve como se le acerca y le besa los labios y lo lleva a viajar al lado del sol caído. Cierra sus ojos, apaga su corazón, paraliza sus manos.
La espera ha terminado, la noche ha llegado y junto a ella esa dama que vive en el color de la tarde; esa mujer que es temida pero deseada, es una señora prudente y callada que se apodera de la vida y la desliza por sus dedos para jugar con ella en un futuro aparentemente incierto, al lado de un espacio donde no habita el tiempo ni la voz.

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