Todavía tengo mi pijama puesta, estoy en el suelo, contra la pared y acompañando una taza de café. Lo acompaño porque él se cansó de acompañarme diario, hoy es su día, hoy le hago compañía al café.
La habitación es de color amarillo, pero pronto se convertirá en naranja, más tarde en azul y para finalizar en oscuridad, así como el café. Una ventana adorna este lugar, una ventana que no hace más que reflejar luces andantes y voces dormidas. La biblioteca… o lo que queda de ella, no es más que un basurero de aquel recuerdo.
Se pasea el café por mi boca y su amargo sabor me dice que es hora de cambiar de posición, de dejar de pensar en eso, en la invitación si, la invitación rechazada que me hizo acudir al café.
Muy bien, me paro de esa baldosa caliente y estoy dispuesta a salir sucia. Eso de tener un encuentro con el agua, hoy domingo, se cancela. Me hago una trenza en mi cabello, cojo el mismo pantalón de anoche, la camisa con el ojo grande y la chaqueta gris.
Llaves, billetes, monedas. Cierro la puerta.
Todo está diferente, un color morado transforma la calle y el pasto ya se está volviendo azul. El sabor de esa risa se hospeda en mis manos y sus dedos todavía los siento en mis ojos.
Me encuentro tirándole palabras a un mundo que apenas conozco, mirando las soluciones y a la vez ilusiones y solo me queda preguntar: ¿qué sentido tiene digerir esas pinturas?
Todavía me cuesta entender algunas palabras pero es que me aturde esos gestos falsos que hacen parte de estos andenes por los que ahora juego, sueño y camino. Cierro los ojos, meto mis manos en los bolsillos de la chaqueta y empiezo el viaje en un submarino lleno de sonido. Canto pero me doy cuenta que son simples melodías que dañan sus ojos y además son ideas que hacen parte del costal de mentiras.
Camino a la morgue de palabras ciertas pero que no acepto, camino bajo la lluvia, una lluvia turbia y amarga, una lluvia de café. Paso por una tienda de caprichos y un viejo barbado y mueco me muestra un tarro y me dice: “el amarillo es el más apetecido”, pero yo me he dado cuenta que los caprichos no vienen en un empaque y mucho menos que hacen parte de esta historia, de mi historia.
Mi mochila está llena de papeles, papeles de colores con olor a noche y a canciones que algún día prometió conmigo regalarle al viento pero que yo no quise aceptarle esa promesa y mucho menos esa enorme invitación.
No, no es un escrito romántico, ni es para vos, ni nada de eso, es una simple historia que el café me contó un domingo en pijama
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