martes, 14 de junio de 2011

Uno de los viajes

Tiré la colilla del cigarrillo y apreté con mucha fuerza el timón, manejé por esta recta y extensa ruta sin parar, escuchando música que me transportaba a un lugar más amplio y cómodo que este carro viejo, que tiene más óxido que gasolina. Era una tarde de junio donde el sol inundaba con su luz cada espacio del auto, donde, además parecía que todo se derritiera, el asfalto, las plantas y sobretodo tu recuerdo.

No paraba de cantar aquella canción que una vez escuché en ese café, cuando sólo me dedicaba a leer revistas de política que ni siquiera me interesaban, sólo esa melodía se enredaba en mi lengua, pasaba por mis pulmones y brotaba como aire, el mismo aire que lleva estas palabras hacia ti, el testimonio de un viajero que no hace más que recorrer una larga carretera hacia un lugar que dejó de existir, hacia el fondo de mi imaginación, donde empezó a crearse todo, cada vena, cada hueso, cada pelo que te pertenece, porque la desesperación fue la que te parió, la alegría la que te alimentó y la soledad la que te amó.

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